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7.11.20

EL EXILIO DE GARDEL

SOLANAS- PIAZZOLA


EL EXILIO DE GARDEL Click en el titulo para ver el filme

Título original
El exilio de Gardel (Tangos)
Año
Duración
120 min.
País
Argentina Argentina
Dirección
Guion
Fernando E. Solanas
Música
Astor Piazzolla
Fotografía
Félix Monti
Reparto
Productora
Coproducción Argentina-Francia; Tercine
Género
DramaMusical | Dictadura argentina
Sinopsis
Narra cómo un grupo de exiliados argentinos montan en París un número musical para "curar" su nostalgia tanguera en una obra que aborda los problemas políticos y sociales de su país de origen. Algunos de ellos han vivido mucho tiempo en el exilio y ya no se sienten argentinos.
Fecha de estreno20 de marzo de 1986 (Argentina)
Premios
1985: Premios César: Mejor banda sonora original

Tangos, el exilio de Gardel o la revolución estética de Fernando Solanas 

Cecile Francois - University of Orléans (France)

 

En Francia, el nombre de Fernando Solanas casi siempre viene asociado con los conceptos de compromiso político y militancia. También se suele hacer hincapié en los aspectos documentales o testimoniales de sus filmes y en su afán de dar cuenta de la situación económica y social de América Latina y de Argentina en particular. Hoy en día, muchas películas de Fernando Solanas siguen consideradas como radiografías de la realidad sirviendo incluso de pretexto para un mero análisis del contexto en que se desarrolla la acción.

Ahora bien, si algunos films del cineasta, entre los cuales figura su última obra Memorias del saqueo (2004), entran efectivamente dentro de esta línea documental, (1) es obvio que el cine de Fernando Solanas rebasa el marco estrecho del género. Lo que llama la atención, en efecto, en el conjunto de su obra, es la preocupación del realizador por la forma de sus filmes y la escritura cinematográfica. En realidad, si Fernando Solanas es un cineasta comprometido, su compromiso no se limita a los aspectos sociales o políticos. Sus películas dan fe también de una postura rupturista o sea de una voluntad de romper con los cánones cinematográficos vigentes para llevar a cabo una verdadera "revolución estética".

Esta preocupación se hace aún más patente en sus películas de ficción, en particular en la que se considera su obra cumbre, Tangos, el exilio de Gardel, estrenada en 1985, que se articula alrededor del exilio político de un grupo de artistas argentinos y uruguayos en París.

La subversión de los códigos del cine clásico

Desde mediados de los años sesenta en que, después de rodar su famosa película La hora de los hornos, Solanas funda el Grupo "Cine Liberación" junto con Octavio Getino, cada película del cineasta puede aparecer como una especie de manifiesto en favor de una renovación de la escritura fílmica. En sus declaraciones, Fernando Solanas no vacila en tomar posiciones y en rechazar abiertamente los códigos y convenciones del cine hollywoodiense clásico. Sus filmes no apuntan tan sólo al despertar de la conciencia política del espectador invitándole a una lectura militante de la realidad sino que procuran desestabilizarlo, estorbarlo, impedir que se deje llevar y arrullar por el flujo de las imágenes. El cine de Solanas aparece como una reacción contra la transparencia y la fluidez de la narración clásica que favorece la pasividad del público. El director argentino rechaza en particular la rapidez y la concisión, todas aquellas características del estilo hollywoodiense cuya finalidad es subyugar o fascinar al espectador mediante lo que Michel Serceau llama "la absorpción diegética" (2) . Por eso el público europeo, acostumbrado a un tipo de cine en el que la consigna es la eficacia, se muestra a veces reacio ante las digresiones y aquellas prolijas escenas en que los personajes de Solanas intercambian opiniones y debaten de manera aparentemente gratuita, sin que se transparente el interés dramático de estas conversaciones. En Tangos, el exilio de Gardel, esta característica se hace patente en la larga secuencia en que el francés, Pierre, y el argentino, Juan Dos, cotejan sus concepciones respectivas del espectáculo que van a montar.

A lo que está acostumbrado también el espectador es al tratamiento emotivo o melodramático de ciertos temas. El exilio siempre viene asociado con el dolor, el pesar y la añoranza. Otra vez Solanas se aleja del esquema tradicional para brindarnos una película "multitonal", procurando así evitar el escollo del sentimentalismo. Una de las características de Tangos es, en efecto, la mezcla de registros que abarcan desde lo dramático hasta lo más burlesco pasando por escenas oníricas de claro corte surrealista. Lo que quiere evitar Solanas es que el espectador se sienta constantemente agobiado por un flujo de planos cercanos conmovedores y una ola de música melosa. Por eso intenta desdramatizar la situación de los exiliados insertando dentro de la narración secuencias de corte burlesco como la famosa escena de la cabina telefónica en la que Miseria, uno de los personajes, intenta llamar gratuitamente a Uruguay acoplando el hilo del aparato al motor de una motocicleta.

Este tipo de secuencias llama la atención en la intertextualidad fílmica de la que se nutre Tangos, el exilio de Gardel. Tenemos, en efecto, a lo largo de la película, una serie de alusiones o de "guiños" a Charlie Chaplin, no sólo a través de unos gags burlescos sino también en la utilización de los iris característicos de los primeros cortos de Charlot (3) . El desenlace de la película nos muestra así el rostro de María, la narradora, enmarcado en un círculo semejante a los que utiliza Chaplin en The Idle Class para recortar a un personaje y aislarlo de su entorno a la manera de un primer plano. Además, al final de la película, el modo de andar de María en el momento en que se aleja hacia el fondo de la imagen, evoca la silueta tan característica del vagabundo. Estos guiños y alusiones permiten relajar la tensión y quitarle a la película una parte de su dramatismo. Es de notar sin embargo que, incluso cuando Solanas opta por un tratamiento realista o naturalista de un tema, evita colocar al espectador en una situación de "voyeurismo" como da fe de ello la escena de la lectura de la carta de Alcira a su nieta Martita, una de las escenas clave de la película.

En Tangos, el exilio de Gardel, Fernando Solanas, en efecto, no se contenta con tratar el tema del exilio. Se propone también brindar al espectador su propia representación de la dictadura argentina y en particular de sus aspectos más represivos y violentos. Tenemos en la película momentos de filmación que podemos calificar de "naturalistas" como es el caso con el episodio de "Marta y Martita" que evoca el problema de los "desaparecidos". Esta secuencia se abre con la llegada de Arlette y Céline, miembros de uno de los numerosos Comités de Solidaridad que brindan su ayuda a los exiliados. Mientras su coche entra en el campo, oímos la voz over de María, la narradora, que con tono neutro informa al espectador sobre estas organizaciones. La forma escogida por el cineasta es la del reportaje. Los leves desplazamientos y reajustes de la cámara pretenden dar la impresión de que asistimos a un rodaje "en directo", casi improvisado. El ojo de la cámara intenta captar una imagen instantánea de la realidad sin preocuparse por encuadres sofisticados o ángulos rebuscados. Aparentemente, este fragmento de película podría caber dentro de un reportaje televisivo, un telediario por ejemplo.

Pero esta escena es bastante corta y rápidamente asistimos a un paulatino proceso de ficcionalización con el paso de la voz over de María a la voz off (o diegética) (4) de Alcira, la abuela exiliada, que lee una carta a su nieta desaparecida en la Argentina de la dictadura. Mediante un largo travelling lateral de derecha a izquierda, el espectador va penetrando dentro del local en que tiene lugar la reunión. Antes de descubrir a Alcira, es decir antes de poder relacionar la voz que se oye con el personaje que está hablando, la cámara se entretiene, a través de un plano medio, en las caras de los oyentes para captar su reacciones y emociones. Este largo travelling de unos cuarenta segundos que acompaña la voz acongojada y trémula de la lectora, permite que el espectador, al ser testigo de la escena, se sienta concernido y quizá también afectado por la emoción que embarga al público. El movimiento del aparato va creando progresivamente una tensión dramática que alcanza su punto álgido en el momento en que aparece por fin en el campo el rostro desencajado de Alcira. Es de notar que la cámara se detiene tan sólo dieciséis segundos en el rostro del personaje antes de desviarse púdicamente en el momento preciso en que Alcira, incapaz de contener su emoción, rompe a llorar. En vez de colocar al espectador en una posición de voyeur con el riesgo de desazonarlo, Solanas prefiere valerse de un efecto indirecto mostrando el malestar, el nerviosismo y la emoción que se pintan en el rostro de los oyentes hasta que una intervención práctica de Pierre (5) alivie por fin la tensión. A continuación, el protagonismo lo tendrán Arlette y Céline quienes, eficaces y optimistas, intentarán brindar soluciones materiales al drama vivido por Alcira. La secuencia termina efectivamente con un plano del avión que las lleva a las dos junto con Alcira a la Argentina. Esta imagen final del cielo o del horizonte despejado, si deja el final abierto, también sugiere la posibilidad de un desenlace feliz.

Esta secuencia es emblemática de la manera con que Fernando Solanas subvierte hábil y discretamente los códigos de la narración clásica. Si bien introduce en su relato elementos melodramáticos, no carga las tintas. Lo que caracteriza la escena central de la lectura de la carta es el pudor con que la cámara capta los momentos de emoción. Gracias a los movimientos de desvío o de retención del aparato, Solanas evita "chantajear" al espectador. Estamos al extremo opuesto de la filmación tradicional con sus derroches de música melosa y su énfasis en la actuación de los actores. Sin embargo, la sobriedad de Solanas no significa sequedad ni austeridad. Lo que el cineasta quiere hacer surgir de la escena no es un bloque de emoción en bruto sino un sentimiento más sutil de compasión en el sentido pleno de la palabra. Lo que procura Solanas no es que el espectador se sienta agobiado o anegado por una oleada de emoción fácil que lo paralice en su butaca sino que participe en el drama vivido, no sólo por Alcira sino por todos los que sufren el dolor del exilio puesto que el narratario extradiegético comparte con los personajes de la ficción el papel de testigo de la escena. Por eso el tipo de receptor que diseña la secuencia es el de un espectador activo que se haga solidario de los exiliados y tenga ganas de actuar como actúan Pierre, Céline o Arlette, estos personajes entre los que se siente incluido.

Fragmentación y estilización

Además del sentimentalismo exagerado, lo que rechaza también Solanas es el principio de "continuidad narrativa". La película se presenta como una yuxtaposición de secuencias bien delimitadas por procedimientos de demarcación explícitos entre los que destaca el empleo de títulos que encabezan cada microrrelato. Este procedimiento contribuye a aislar los diferentes núcleos narrativos, resaltando así su autonomía. De esta forma, la narración se desvía de la tradicional línea argumental así como de los principios de causalidad y de suspense. En realidad, Tangos, el exilio de Gardel tiene la forma de un mosaico en el que las secuencias se suceden sin recurrir a la jerarquización o a la supeditación de las mismas. Lo que procura Solanas es presentar al espectador diferentes facetas del drama de los exiliados mediante la trayectoria personal de un conjunto de personajes, entre los cuales destacan Juan Uno y Juan Dos (6) . Esta composición suelta y fragmentada puede desconcertar al espectador que busca en vano el hilo conductor del relato. Pero esta estructura "anárquica" no es más que una aparencia puesto que el montaje, en un afán de síntesis, reúne las distintas secuencias mediante un vínculo a la vez temático y tonal. En esta película, son el exilio político y la música del tango los que brindan su coherencia global al relato como lo indica de antemano el título de la obra. Notamos en efecto que en Tangos, el exilio de Gardel, el tema central (el exilio) viene enmarcado por dos nombres (uno común, Tangos, y el otro propio, Gardel) que remiten al mundo de la música popular argentina. Además, es de notar que la palabra "tangos" viene bajo la forma de un plural, lo cual anuncia la exploración de distintas formas de tango como también se propone Solanas evocar las distintas facetas del exilio.

La película aparece así no sólo como un mosaico sino también como un objeto híbrido. Es lo que indica el término "tanguedia" forjado por Pierre, el director del espectáculo dentro de la diégesis, y que Solanas utiliza también para definir el género en el que se inscribe su propio film. Esta especie de "palabra nido" compuesta de fragmentos de las palabras "Tango + comedia + tragedia" revela claramente el afán del cinesta por salvar las barreras que separan los distintos géneros y crear una forma original que rompa con las estéticas tradicionales. Fernando Solanas muestra así su deseo de enfocar el tema político del exilio desde una perspectiva totalmente nueva que despierte al espectador del letargo en que pudiera sumirle un tratamiento mucho más clásico.

Uno de los mejores ejemplos de la estética de Solanas se da en el capítulo titulado "Solo" en la que aparecen sin transición tres escenas yuxtapuestas, delimitadas por un corte en seco. El vínculo que las une es de tipo temático ya que las tres tratan de la represión ejercida por la dictadura sobre el individuo. Son tres ejemplos independientes los unos de los otros pero que son tratados desde el punto de vista estético de tres maneras distintas. En la primera escena, María la narradora evoca, mediante un flash back, la detención o el secuestro de su padre en plena calle. Aunque la focalización es interna, es de pensar que María no recuerda la escena de la que no pudo ser testigo sino que la reconstituye a partir de fragmentos de discursos emitidos por los adultos que la rodean y quizá también de informaciones facilitadas por los noticiarios de la televisión francesa. El flash back es de corta duración (unos 20 segundos) e imita el estilo de los reportajes callejeros que se filman con una cámara móvil a veces colocada en el hombro, lo cual da una sensación de verismo, de captación directa de la realidad. Los sobresaltos, los reajustes de la cámara colocada en el interior del coche del padre dan una impresión de improvisación como si un testigo o un amateur hubiera sacado rápidamente su material para dejar constancia del secuestro, o para conseguir una prueba del atropello grabándolo como sea, en una situación de emergencia. Lo que refuerza esta sensación es el silencio de la banda sonora, característico de la filmación con un súper ocho.

Un corte en seco separa este supuesto "fragmento de realidad" de la secuencia siguiente cuyo protagonista es, esta vez, el escritor Gerardo antes de su exilio a París. Un plano medio muestra al personaje sentado delante de una mesa de trabajo. A diferencia de lo que pasa en la secuencia precedente, aquí la cámara se desplaza muy lentamente, casi insensiblemente, sin dejar de captar las expresiones y gestos del personaje. Cuando suena el teléfono, Gerardo aparece de perfil en la parte inferior izquierda y poquito a poco, gracias al leve movimiento del aparato, va ocupando el centro de la imagen situándose de frente respecto al espectador. La utilización de un plano medio corto no sólo permite leer en el rostro del protagonista diversas expresiones (sorpresa, indignación o cólera) sino que dramatiza la escena, sugiriendo una impresión de proximidad con la víctima de la represión y favoreciendo así un fenómeno de empatía. Además, la sobriedad del trabajo del actor y la sencillez de la escenificación contribuyen a enfatizar la soledad y la angustia de un personaje cogido en el engranaje de la represión. Aunque, a todas luces, el marco espacio-temporal y los personajes de las dos secuencias son totalmente diferentes, el tema de la coacción permite mantener una forma de continuidad entre la escena del secuestro y la de las amenazas e intimidaciones.

La continuidad temática se mantiene en la secuencia siguiente, insertada en el capítulo mediante otro corte en seco. Esta vez se trata de una escena de persecución. Pero Solanas da un paso más en su trabajo de estilización introduciendo un elemento nuevo: el tango. Aunque el decorado recuerda el de la secuencia precedente, un amplio local rodeado de columnas y pilastras, la música convierte la escena en un ballet. Lo que presencia el espectador es la huida desesperada de hombres y mujeres, jóvenes sobre todo, que emprenden una carrera loca para escapar de sus perseguidores. Estamos aquí al extremo opuesto de la escena del secuestro filmada de manera verista, como un reportaje. En esta escena de la persecución, el operador luce su dominio de la técnica y su cámara barre el espacio gracias a una serie de panorámicas laterales (de derecha a izquierda y de izquierda a derecha) que acentúan la impresión de circularidad y dan la sensación de que los perseguidos están acorralados y luchan desesperadamente por encontrar una salida. Esta impresión de acoso despiadado es acentuada por una leve aceleración del movimiento de la cámara así como por la banda sonora que introduce progresivamente dentro de la música del tango una serie de notas disonantes que traducen los gritos y aullidos de los perseguidos. La secuencia termina con la captura de una muchacha por los secuaces del régimen, captura que se filma en cámara lenta. El procedimiento enfatiza el tratamiento infligido a la joven por sus verdugos quienes, asiéndola de pies y manos, la lanzan hacia lo alto como si fuera una muñeca desarticulada o descoyuntada. Detrás de esta escena se perfila la imagen del cuadro de Goya, titulado El pelele. La gama cromática escogida por Solanas (o su director de la fotografía) subraya el parentesco con el lienzo del pintor aragonés en el que también dominan los colores ocre, azul y gris. Sin embargo, asistimos a una inversión respecto al cuadro de Goya en que son cuatro muchachas las que mantean a un pelele que se parece a Guiñol. Aquí las sustituyen cuatro miembros de la policía política de aspecto siniestro que se portan como verdugos. El recurso al "plano cuadro" (7) y la cita intercultural ponen así de relieve la reificación del ser humano y la deshumanización propia del régimen dictatorial.

El tango y la búsqueda de la identidad

El motivo del pelele es omnipresente a lo largo de Tangos, el exilio de Gardel en que una serie de muñecos, ya solos, ya en grupos, aparecen a lo largo del film. Interrogado sobre esta imagen recurrente, Solanas siempre se ha negado a brindar una explicación dejando al espectador la libertad de interpretarla a su antojo. Ciertos críticos han visto así en estas figuras enigmáticas una alusión a los desaparecidos o a los que no pudieron salir para el exilio. Y efectivamente, su disposición arbitraria dentro del relato así como la gran variedad de los tipos de muñecos presentados inducen a pensar que cumplen una función simbólica. Además de las interpretaciones ya citadas, podemos pensar que quizá representen de forma metonímica la fragmentación de la personalidad de los exiliados en busca de su propia identidad, como lo sugiere también la fragmentación del relato.

Esta interpretación viene corroborada por una de las escenas de ensayo de la "Tanguedia" que están montando Pierre y Juan Dos. La secuencia se abre con un plano de uno de esos muñecos, seguido de otro que enfoca a unos bailarines inmóviles, como petrificados. Cuando de repente arranca la música, las figuran empiezan a animarse. Al principio no se oye más que la base rítmica del tango puesto que los músicos dan el compás con la palma de la mano en la caja de sus instrumentos antes de ir introduciendo paulatinamente algunos acordes. El efecto producido es el de una música sincopada sobre la que los personajes empiezan a moverse con movimientos mecánicos de autómatas. Cuando progresivamente la melodía se superpone al compás, los cuerpos van cobrando vida, los ademanes se hacen más fluidos, los miembros más elásticos, las posturas más armoniosas. Tenemos la impresión de que los "maniquíes" se van despertando poquito a poco bajo el impulso del tango. Cuanto más compleja y sutil se hace la melodía, más ágiles y flexibles son los bailarines cuyos cuerpos parecen vibrar. Las parejas se abandonan, dejándose llevar por la música que las envuelve en una onda de calor y sensualidad. Ahora bien, si tomamos en cuenta las palabras de Pierre justo antes del principio de la secuencia, la escena del baile cobra una dimensión simbólica. Unos segundos antes, Pierre había invitado a Florence a presenciar el ensayo del ballet con estas palabras: "On part pour l'exil" ("Salimos para el exilio"). Si el exilio significa la fragmentación del ser humano, gracias al tango el exiliado puede recobrar su unidad y su identidad. Con la música y el baile asistimos pues a un proceso de rehumanización del individuo. A nivel del grupo, el tango aparece también como un factor de cohesión, un principio de vida y de calor humano, así como una posibilidad de reencuentro con el país y las raíces a pesar de la distancia y del tiempo transcurrido.

La importancia del tango para los exiliados está puesta de relieve ya en los primeros planos de la película. Los títulos de créditos van desfilando por un fondo de imágenes diegéticas. La secuencia se abre con un plano general de un puente de París, "le Pont des Arts", una elección que dista mucho de ser intrascendente ya que coloca de antemano la película bajo la señal del arte. Encima de este puente, divisamos a dos personajes antes de que un cambio de plano nos permita comprender que se trata de dos bailarines (los del Ballet de Ginebra) que nos proponen su propia versión del tango. A esta distancia, la cámara capta una serie de figuras de ballet clásico que quizá desconcierte un tanto al espectador acostumbrado a una interpretación más popular del arte emblemático de Argentina. Esta versión acendrada informa ya sobre una de las orientaciones de la película, la de la depuración y la estilización de las formas. Los planos insertados del Sena y de la luna permiten una transición entre el cielo y la tierra, lo alto y lo bajo, y preparan el paso de lo etéreo a lo material, del tango estilizado al tango popular. La cámara acompaña el movimiento descendiente ya que la segunda parte de la secuencia se desarrolla en el muelle, a orillas del Sena.

Con el cambio de plano, cambiamos de personajes. El espectador descubre ahora a Marie Laforêt, la actriz principal de la película que va a encarnar al personaje de Mariana, la artista exiliada, y a Miguel Ángel Sola que encarnará a Juan Dos el compositor de la Tanguedia. Los bailarines etéreos del Ballet de Ginebra dejan paso a esta otra pareja más "corpórea", más llana, que, bien abrigada en su ropa de invierno, comienza a esbozar unos torpes pasos de baile antes de abrazarse y besarse apasionadamente. A diferencia de lo que pasaba en la primera parte de la secuencia, el tango deja aquí de ser estilizado, "incorpóreo", para convertirse en un baile erótico, de amor y deseo. La bailarina, al quitarse el espeso abrigo, invita con ademán provocador a su pareja antes de dejarse abrazar y acariciar debajo del puente. Luego comienza el baile de seducción. La falda abierta por el lado izquierdo deja entrever la pierna desnuda de la actriz dando al baile este halo de sensualidad y de erotismo que provocó las reacciones escandalizadas de la buena sociedad de principios de siglo. El tango reanuda así con sus orígenes populares, recordando que nació en los prostíbulos y que era al principio música y baile de gentes de los arrabales y de los bajos fondos.

La doble interpretación del tango por dos parejas radicalmente diferentes, en dos lugares diametralmente opuestos, señala otro tema clave del film que va a ser el del mestizaje cultural simbolizado por la asociación imagen/ sonido, decorado parisino/ música de tango. Además el movimiento descendiente, desde lo alto del puente hacia el muelle, puede interpretarse de manera metonímica como un buceo hacia lo más hondo de lo argentino, una vuelta hacia las raíces y una búsqueda de la identidad mediante la música del tango, símbolo del alma popular, según Fernando Solanas:

Le tango est un symbole de l'âme populaire… Il est une image de tous les défauts et de toutes les qualités du peuple argentin. Il exprime, avec San Martin et Discépolo, le désir profond des Argentins de retrouver une patrie juste, libre et souveraine. (8)

Historia y mito

En un París estilizado y onírico, en una plaza inmensa y desierta aureolada de neblinas azuladas surge una noche la figura mítica de Carlos Gardel. En este decorado de "cine negro", avanza un hombre misterioso hacia la cabina de teléfonos en que Mariana y Juan Dos intentan ponerse en comunicación con Buenos Aires. Este personaje que, por su atuendo y su facha, parece sacado de una película en blanco y negro de los años veinte, resulta ser Discépolo, el gran compositor de música popular que conecta a la pareja con Juan Uno, tendiendo así un puente entre París y Buenos Aires, el país del exilio y la patria añorada. Este contacto entre Juan Uno y Juan Dos provoca la irrupción de la música que acompaña la conversación de estos dos personajes simbólicos del exilio. Se trata de un tango cantado por el propio Gardel en un viejo disco de los que se escuchaban en un gramófono. La banda sonora conecta así el presente de los exiliados con un pasado mítico, el de la edad de oro del tango. Por algunos segundos, Juan Uno y Juan Dos parecen transportados fuera del tiempo hasta que la música se interrumpe y con ella se corta la comunicación.

Para animar a Juan Dos, Discépolo justifica la actitud de Juan Uno, su miedo, su incapacidad para terminar la Tanguedia y concluye ofreciendo su ayuda: "[Este final] nosotros lo traeremos. La tanguedia será nuestra revancha". En realidad, el pronombre personal "nosotros" no remite tan sólo a Discépolo y a Juan Dos sino que incluye también a Carlos Gardel como da fe de ello el plano conjunto de un viejo coche de principios de siglo del que baja el mítico cantante acompañado de dos guitarristas. En una atmósfera irreal, enfatizada por el famoso efecto de neblinas y vapores de Solanas, Gardel empieza a cantar un tango cuya letra alude a diez años de exilio en París (9) , encarnando así el drama y el alma de todos los exiliados, pasados y presentes. Cuando, al final, Carlos Gardel saca a Mariana a bailar, se mezclan lo real y lo onírico, el presente y el pasado, insertando la escena en un espacio mítico en el que el ser desgarrado de los exiliados encarnado por la heroína encuentra su unidad y su plenitud en las mismas fuentes del tango.

Un encuentro (o reencuentro) parecido se produce al final de la película en la secuencia de la agonía de Gerardo. En un amplio escenario yace el viejo escritor solo y aparentemente abandonado. Mientras la cámara lo encuadra en un plano general, la banda sonora se carga de ruidos extraños: cañonazos, cascos de caballos, fragor de batalla. Este desajuste entre la imagen y el sonido no se explica hasta que el lector ve aparecer una figura a contraluz, como desdibujada por una neblina azulada. Este personaje raro que va vestido a usanza del siglo XIX avanza hacia Gerardo. Cuando éste lo reconoce, lo identifica como el mítico General San Martín, uno de los héroes de la Independencia de la nación argentina. La aparición fantasmal del personaje puede justificarse concretamente por el delirio del agonizante que quizá sufra una alucinación. Pero se trata sobre todo de una secuencia visionaria a través de la que el cineasta expresa sus ilusiones, sus esperanzas y su ideal político : "Poder ver la patria que soñamos, grande, unida", éste es el sueño de San Martín y el de los exiliados de París. La secuencia aparece como un eco de la precedente ya que de repente, un poco como por ensalmo, surge otra figura mítica, la de Carlos Gardel, al que Gerardo descubre ya sentado cómodamente en una silla cerca de un gramófono. Más melancólico y amargo que el General San Martín, el discurso de Gardel deja traslucir cierto desánimo : "Ya no canto, general, estoy viejo", declara antes de poner en marcha el gramófono que resucita por algunos minutos la voz de su juventud a través del famoso tango "Volver". La música mantiene la cohesión entre los tres personajes que sufrieron el exilio en tres momentos distintos de la Historia argentina (10) . La composición de la imagen subraya esta idea al incluirles en un mismo plano, Gerardo en el centro, San Martín a la izquierda y Gardel a la derecha. Los tres forman así una especie de corro en el que el mate, la bebida nacional, al circular de uno a otro, va estrechando el vínculo. Al retroceder lentamente mediante un largo travelling, la cámara va aislando progresivamente al grupo poniendo de relieve la circulación del mate que asegura el relevo entre la generaciones. El movimiento sugiere además una especie de comunión (vivencias, sentimientos y sueños compartidos) que rebasa ampliamente el marco estrecho del problema estrictamente argentino para cobrar una dimensión universal.

Conclusión

Tangos, el exilio de Gardel es un buen ejemplo de la preocupación de Fernando Solanas por los problemas estéticos que plantea la realización de un filme. Aunque su cine es claramente político, sortea el escollo del didactismo, de la demostración o del discurso machacón. Su afán de despertar la conciencia del espectador pasa por un distanciamiento crítico de las fórmulas del cine comercial. Para Solanas, en efecto, el cine es una síntesis de varios lenguajes y formas de expresión. Al buscar su inspiración en el teatro o en el baile y en cierta medida en la pintura, el cineasta procura plasmar el viejo sueño romántico del "arte total". Pero, tras esta voluntad de crear una forma propia, ajena a los modelos o a los moldes tradicionales, se diseña también la figura del espectador ideal, capaz de resistir el flujo anestésico de las imágenes para reflexionar por sí solo adquiriendo así la madurez y el espíritu crítico necesarios para la buena recepción de una obra ambiciosa y sin concesiones.


Título original
El exilio de Gardel (Tangos)
Año
Duración
120 min.
País
Argentina Argentina
Dirección
Guion
Fernando E. Solanas
Música
Astor Piazzolla
Fotografía
Félix Monti
Reparto
Productora
Coproducción Argentina-Francia; Tercine
Género
DramaMusical | Dictadura argentina
Sinopsis
Narra cómo un grupo de exiliados argentinos montan en París un número musical para "curar" su nostalgia tanguera en una obra que aborda los problemas políticos y sociales de su país de origen. Algunos de ellos han vivido mucho tiempo en el exilio y ya no se sienten argentinos.
Fecha de estreno20 de marzo de 1986 (Argentina)
Premios
1985: Premios César: Mejor banda sonora original

La letra de Tango-Tango, canción que acompaña durante toda la película, y que hace referencia a la Argentina:

Un país que me ayude a vivir
y ante todo que respete
aunque lleves un chupete

Un país donde pueda elegir
que valga tu opinión
aunque seas un raton

Un país donde pueda ser yo
sin sentirse cucaracha
ni bajarte la bombacha
que país será ese país
donde puedas trabajar
sin tener que mendigar.

Tango tango, tango de papel
baila tango baila con tu piel
tango tango, tango con raiz
baila tango, tango de París

Tango, tango
un país que me ayude a vivir
y ante todo que respete
aunque lleves un chupete

Un país que lo pierda el humor
que aprendas a reír
en lugar de reprimir

Un país donde pueda ser yo
sin sentirse cucaracha
ni bajarte la bombacha
que país será ese país
donde puedas trabajar
sin tener que mendigar

Tango, tango

5.11.20

UNA MUJER BAJO INFLUENCIA de John Cassavetes (Click aqui en el tìtulo para ver el filme)



UNA MUJER BAJO INFLUENCIA. (Click aqui en el tìtulo para ver el filme)



"Una tormenta de sensaciones, una salvaje aproximación al personaje de un ama de casa al borde de la locura, empapada de rutina, asfixiada por las convenciones sociales."
Miguel Ángel Palomo: Diario El País 



Cassavetes vuelve a plasmar con inigualable fuerza el retrato y los sentimientos de una mujer, un ama de casa mentalmente inestable con continuos cambios de humor que bordean la enfermedad. Falk es su marido, un trabajador que trata de comprenderla, pero que se enfrenta a un problema que se ve incapaz de resolver.





Sinopsis:
Nick (Peter Falk) tiene que cargar con la responsabilidad de cuidar a su mujer (Gena Rowlands) que padece inestabilidad emocional. Lucha sin descanso para mantener un ambiente de normalidad a pesar del anormal comportamiento de su mujer; sin embargo, llega un momento en que la situación afecta a sus hijos, de modo que no tendrá más remedio que tomar ciertas medidas. (FILMAFFINITY)


Premios
1974: 2 nominaciones al Oscar: Mejor actriz (Gena Rowlands), director
1974: Globos de Oro: Mejor actriz - Drama (Gena Rowlands). 4 nominaciones
1975: Festival de San Sebastián: Concha de Plata y Mejor actriz (Rowlands)


A Woman Under the Influence
Año1974
Duración 155 min.
País  Estados Unidos
Director y guión John Cassavetes
Música Bo Harwood
Fotografía Mitch Breit
Reparto
Gena Rowlands, Peter Falk, Katherine Cassavetes, Fred Draper, John Finnegan.



Antes de empezar a rodar Una mujer bajo la influenciaJohn Cassavetes y Gena Rowlands celebraron una barbacoa para sus amigos. Mientras asaban la carne, empezaron a hablar de las películas que iban a hacer juntos, de los papeles que ella quería interpretar,  de cómo en las películas que ambos  detestaban los papeles para mujeres eran realmente tan débiles, tan inanes que sólo una narración férrea y lineal podía hacer que se sostuvieran.  Y especialmente  de algo que es una de las obsesiones principales de Cassavetes: de cómo una historia de amor, por muy horrible que este amor sea y aunque convierta en un infierno la vida de los que lo viven, puede alimentar toda una existencia. Así, entre bistecs, hot-dogs, cervezas y mazorcas de maíz empezó la génesis de una película cuyo papel femenino principal, Mabel, es probablemente  el más poderoso de todo el cine moderno  y cuya narración es de todo menos lineal, férrea o clásica. Y que consigue ser, aún sin que éste sea su principal objetivo una fascinante historia de amor.
La película es el recuento de un redentor descenso a los infiernos, el de Mabel (Gena Rowlands) y Nick (Peter Falk en el mejor papel de su vida), su marido, dos seres que aunque están casados y tienen hijos, lo ignoran casi todo de sí mismos y del otro, que no tienen nada en común y, pese (o gracias a) ello están locos el uno por el otro. El film muestra como ninguna otra película la sólida y palpable diferencia entre el mundo de los hombres y el de las mujeres. Durante trece semanas, los actores vivieron en la clase de atmósfera más real que la vida misma que le gustaba a Cassavetes, en la película intervienen la madre de Gena, sus cuñados, sus hijos, amigos y vecinos. Se rodaron 700.000 pies de película de los que en el montaje final (que tardó casi dos años) quedaron 13.000. Cuando terminó la película se pasó otros dos años intentando que la gente la viera: en sus propias palabras esos fueron los dos años más duros de su vida. A veces me he preguntado dónde estarán todas esas inmensas  latas de descartes con los que Cassavetes luchaba en la posproducción.  Enseñar una pequeña parte de ese material podría ser una valiosísima herramienta para enseñar interpretación en las escuelas de actores. O quizás simplemente para enseñar a vivir a aquellos que no están interesados en la interpretación.  El sueño de J.C. es precisamente ése: dar a los espectadores destellos de ideas que los confundan, los estimulen, los sacudan y los turben.  “Una mujer bajo la influencia” es  de sus películas (quizás junto con Love streams) la que mas se acercó a su sueño. Los cineastas de todo el mundo tenemos una inmensa deuda con él y con su sueño.
Mabel sufre un desvarío psíquico que la zarandea de un lado a otro de ella misma, con el agravante que  no sabe qué significa ser ella misma: toda su vida ha intentado complacer a todo el mundo hasta que su frágil yo se ha disuelto en una bruma lechosa de la que ella intenta salir por todos los medios. Gena Rowlands interpreta a Mabel con la clase de aliento salvaje que ha hecho palidecer de envidia a generaciones de actrices. El gesto desafiante, infantil y completamente absurdo de su pulgar dice más que todos los aspavientos de todas las ganadoras del Oscar de los últimos treinta años. La película es un tributo a su osadía, a su coraje y  a su belleza. Y a la belleza inimitable de su pulgar.
Isabel Coixet
“Hacer esta película fue muy duro. Una vez empezamos el rodaje fue un infierno. La tensión emocional era tan fuerte que no salíamos socialmente. Sin películas, fiestas, o juegos de mesa, nada. En la noche estábamos destruidos, hacíamos café y después empezábamos a hablar acerca del trabajo. El trabajo de ayer, de la semana pasada, del último mes, de la próxima semana, del próximo mes. Nos quedábamos despiertos durante la noche y seguíamos hablando. Era un compromiso total. A veces la tensión en el set era tan alta que la podíamos sentir. Si había un desacuerdo y alguien decía “No, esa escena no esta bien, no es honesta, hagámosla de nuevo” Nos sentábamos alrededor de la casa y hablábamos de cada escena hasta que la veíamos correcta. Fue un trabajo duro, muy disciplinado. No era un trabajo libre y despreocupado. Uno no se sentía con ganas de salir después del rodaje. Cada vez que íbamos a hacer una película pensábamos que iba a ser divertido pero nunca lo era”. – Extraido del libro Cassavetes on Cassavetes, Capitulo -Haciendo “Una mujer bajo la influencia” 1972-1974 escrito por Ray Carney




“Estoy muy preocupado acerca de la representación de las mujeres en la pantalla. Están relacionadas con quien se van a acostar, si es de clase alta o baja, y la única pregunta es cuando y donde Irán a la cama, y con quien y con cuantos. No hay nada que tenga que ver con los sueños de las mujeres, o las mujeres como un sueño. Estoy seguro que hubiéramos podido hacer una película mucho más exitosa si “Una mujer bajo la influencia” hubiera representado la vida de Mabel mas dura, más brutal; si hubiera hecho declaraciones para que la gente tomara posiciones. Pero durante el camino tuve que mirarme a mi mismo y decirme “Sí, fuimos exitosos creando otro horror en el mundo”. No conozco a nadie que haya pasado un tiempo tan terrible que no pudiera ni sonreír, que no tuviera tiempo para el amor, abrir los ojos y pensar en los detalles de la vida. Algo, estupendo, sucede todo el tiempo, incluso en el punto más alto de la tragedia. Yo quiero mostrar eso" - John Cassavetes -




“Una Mujer Bajo La Influencia ofrece una mirada insólita, inédita de la clase trabajadora americana, mostrándonos aspectos cotidianos alejados de la habitual perspectiva condescendiente, haciéndonos sentir en primera persona la rigidez de las estrictas normas sociales que rigen y ahogan la vida en las ciudades estadounidenses”.





“La cinta contó con muy pocos medios, casi todas las escenas se rodaron en la casa, aun así el trabajo de realización es soberbio, planos fijos, amplios, que describen a la perfección las escenas combinados con primerísimos planos de los rostros de los protagonistas, cambios de secuencia inesperados, todo con la intención de reforzar la dramática historia”.






“El film es una obra tan única y personal, que en su momento Cassavetes tuvo enormes problemas para encontrar un distribuidor. Nadie quería verse involucrado en semejante film, y el propio director llamó personalmente a varias salas para ofrecerles la película. Luego de un paso tremendamente exitoso en el Festival Cinematográfico de Nueva York, los críticos y el público empezaron a valorar esta película que hoy se encuentra entre los films independientes más importantes de todos los tiempos”.






"Mis personajes no son capaces de ir al mismo ritmo que el resto... Pero yo mismo estoy medio loco y creo que todo el mundo está al borde de la locura. Simplemente no lo queremos admitir"



LA EXPERIENCIA DE VER "UNA MUJER BAJO INFLUENCIA" POR PETER BOGDANOVICH

John Cassavetes durante los últimos años de su vida contó con la entrañable amistad del gran director Peter Bogdanovich ("The Last Picture Show", "Targets","Que pasa Doctor ?","Luna de Papel"), quien relata en su último libro de reportajes su amistad con John, y anécdotas tales como la inolvidable experiencia de ver el primer montaje de "Una Mujer Bajo Influencia".





"… John nos invitó a Cybill Shepherd y a mi a la primera proyección de "Una Mujer Bajo Influencia", cuando todavía estaba en la etapa de postproducción y duraba más de cuatro horas (la versión final es de 155 minutos). Yo siempre le dije a John que disfruté aquellas 4 horas y que no me había parecido demasiado larga. La película resultó para mí la experiencia más emocionalmente devastadora desde que vi el montaje original en Broadway de "Largo Día Hacia La Noche" de Eugene O' Neill. Recuerdo haber salido de la sala de proyección del American film Institute, muy conmovidos (tanto Sybill como yo), y con una sensación de que el mundo real no era tan auténtico como lo que acabábamos de ver. Las luces del pasillo nos cegaban, intentamos recuperar el equilibrio después de haber asistido a algo que nos había afectado de manera fundamental. Y allí estaban John y Gena, sonrientes y ansiosos. No podía entender porqué sonreían. Lo único que yo era capaz de hacer era no echarme a llorar. Abracé a John durante un rato,sin poder hablar. Creo que lo único que dije fue: "oh, John…Dios santo…" Y John dijo alegremente "Te ha gustado?". Poco a poco intente decir que no había palabras para describir lo maravillosa que era. Cybill dijo algo sobre la devastadora interpretación de Gena. Las palabras no le hacían justicia.Ellos sonrieron aún más. Puesto que a mi me había parecido una de las historias más comovedoras que había visto nunca, sin resultar deprimente, sus sonrisas me parecieron en cierto modo inadecuadas. Para un artista, su propia obra nunca puede resultar tan emocionalmente desgarradora como para el público. Por supuesto, habían experimentado todo aquello antes de poder plasmarlo, pero de ninguna manera podían sentirlo del mismo modo que el público. Esa es una de las ironías del trabajo de cineasta, y aquella noche yo lo comprendí como nunca antes lo había hecho.
Cuando por fin pude decir algo coherente, fue lo mismo que decía después de casi todas las películas de Cassavetes: "No se cómo lo haces, John. Sencillamente, no sé cómo lo haces"…


UNA MUJER BAJO INFLUENCIA 


La vimos en el ciclo Cassavetes el domingo 2/08/2015 en el Teatro El Chasqui de  Chivilcoy. 

2.11.20

MARNIE


 Sean Connery y Hitchcock

¨MARNIE¨   

(Click aqui para ver el filme)

  

Titulo Original ¨Marnie¨

Año 1964


Marnie’, un drama piscoanalítico que da forma a una de las cimas del cine de Alfred Hitchcock


En Marnie, el director reúne en la protagonista todas sus obsesiones: una rubia cleptómana, frígida y amnésica en torno a la que urde una alambicada trama de ribetes psicoanalíticos que rezuma fetichismo y ambigüedad. Su puesta en escena es antológica, con una cámara omnipresente que llena de inquietud y hondura sus imágenes. ¿Un Hitchcock menor? (Diario El Pais)


Tras filmar ‘Psicosis’ (‘Psycho’, 1960) Alfred Hitchcock anunció que su próximo película sería la adaptación del libro de Winston Graham que terminaría siendo ‘Marnie, la ladrona’ (‘Marnie’, 1964), y que la misma estaría protagonizada por Grace Kelly, en lo que sería su regreso triunfal al gran cine. El anuncio creó una gran expectación y Hitchcock no cabía de felicidad en sí mismo, hasta que el príncipe Rainiero, alegando problemas en Mónaco, mostró su desacuerdo y todo quedó en nada.

El director británico, claramente decepcionado, abandonó el proyecto y se centró en el que sería su siguiente éxito, ‘Los pájaros’ (‘The Birds’, 1962). En dicho rodaje conoció a Tippi Hedren, de la que enseguida quedó prendado –su pasión por las rubias− y no tardó en ofrecerle a Hedren el papel que le inmortalizaría, el de la cleptómana y frígida Marnie, en una de las películas de su director consideradas menores durante mucho tiempo, y a la que el paso del tiempo creo que ha colocado en su justo lugar, al lado de las mayores.

Hitchccok siempre pensó que su película le había quedado a medias, no totalmente conseguida, que la pasión y deseo que el protagonista masculino –Sean Connery en un acierto absoluto de casting, después de que director y productores vieran algunas escenas del primer Bond de Terence Young− estaba tan conseguida como el mostrado por James Stewart en ‘Vértigo’ (‘Vertigo’, 1958). Sin embargo, creo que Hitchcock dio un paso muy coherente en su filmografía.


Dirección

Alfred Hitchcock


Reparto

Tippi Hedren

Sean Connery

Diane Baker

Martin Gabel

Louise Latham

Bob Sweeney


Año 1964 

Duraciòn 129 min

País: Estados Unidos

Guion

Jay Presson Allen (Novela: Winston Graham)

Música

Bernard Herrmann

Fotografía

Robert Burks

Productora

Universal Pictures

25.10.20

LOS OJOS SIN ROSTRO de Georges Franju



LOS OJOS SIN ROSTRO 
(Click en el titulo para ver el filme)


  • "Lirismo tenebroso (...) enfermiza y subyugante atmósfera (...) inclasificable obra maestra" 
  • Carlos Boyero: Diario El País


En el año 1962, Los ojos sin rostro se estrenó en Estados Unidos bajo el inexplicable y gratuito título de The Horror Chamber of Dr. Faustus. La película, que ya había debutado dos años antes en Francia con el título original de Les yeux sans visage, fue censurada, doblada al inglés y expuesta en un programa doble junto con The Manster (1962), en la que, como su propio nombre indica, los espectadores fueron partícipes de un cuestionable espectáculo en torno a un engendro mitad hombre, mitad monstruo. Algunos de ustedes se preguntarán, ¿cómo pudo acabar una película francesa emparejada con otra tan dispar, americana y de serie B, cuyo mayor aliciente no era más que una criatura de dos cabezas de escasa factura? Si bien es innegable que ambas eran polos opuestos, también lo es que las dos eran, fundamentalmente, películas de terror. No obstante, las similitudes entre una y otra eran tan remotas que la pregunta se antoja inevitable.

Dicho dato es muy indicativo de la volátil recepción que ha perseguido sin clemencia a Los ojos sin rostro, sujeta a numerosos equívocos por parte del público y la crítica casi desde que las cámaras comenzasen a rodar. Tanto en su país de origen como fuera de él, se trata de una película incomprendida durante largo tiempo, pero que a día de hoy permanece como una obra maestra indiscutible cuya influencia se percibe en películas como Halloween (1978) o La piel que habito (2011).

La película cuenta la historia de una joven llamada Christiane (interpretada por Edith Scob) cuya cara queda horriblemente desfigurada tras un accidente de coche. Su padre, un doctor sin escrúpulos (Pierre Brasseur), hará todo lo posible para devolverle la belleza a su querida hija, que desde entonces oculta su rostro tras una máscara. Ayudado por su asistente Louise (interpretada por la gran Alida Valli, el romance de Joseph Cotten en El tercer hombre), el doctor secuestra a mujeres desprevenidas sobre las que ejecutar malvadas prácticas de cirugía en su oscura mansión. Lo que puede parecer a priori un argumento trivial se transforma en manos de su director, Georges Franju, en una oscura y retorcida fábula cinematográfica.

Sumidas de lleno en la controversia generada por una película un tanto inusual para la época, las críticas tras su estreno oscilaron entre la tibieza y la más absoluta hostilidad. La prestigiosa Sight and Sound la calificó de «nauseabunda», mientras que una crítica inglesa en The Spectator llegó a describirla como «la película más asquerosa que he visto desde que comencé como crítica de cine». El periódico francés L’Express destacó cómo algunos miembros del público se cayeron «como moscas» al presenciar una de sus escenas más estremecedoras; otro crítico, después de admitir que le gustó la película, estuvo a punto de ser despedido. Durante su estreno en el Edinburgh Film Festival siete espectadores se desmayaron, tras lo que su director, Franju, dijo jocosamente «Ahora entiendo por qué los escoceses llevan falda».

Si había un nexo entre estas críticas es que la mayoría coincidía al considerarla una película de terror —género de gran éxito entre el público y, en cambio, denostado por la crítica especializada—, con lo que la opinión de muchos se vio claramente influenciada por tal prejuicio. En todo caso, hoy en día dichas reacciones resultan no solo superfluas, sino verdaderamente exacerbadas. Que en la actualidad el espectador medio, tan aguerrido como desensibilizado, quede traumatizado por una película como esta nos puede parecer un tanto inverosímil; algo, en suma, tan difícil de creer como las reacciones iniciales en torno a la escena de la ducha de Psicosis (estrenada el mismo año) o películas como Tiburón. Dicha afirmación no significa que la película carezca de tensión o de escenas mínimamente enervantes, que por supuesto tiene, sobre todo una en concreto; la cuestión es que a muchos de los críticos se les escapó el verdadero sentido de la película, puesto que Los ojos sin rostro era mucho más que una película de terror y, por tanto, obcecarse con sus elementos más inquietantes ignorando todo lo demás no era sino un gran desacierto.


Lo cierto es que Los ojos sin rostro no es una película de terror al uso, y menos una del tipo que podría esperarse de finales de los cincuenta, década en la que personajes tan variopintos como Drácula, Frankenstein o la Criatura del Pantano pululaban a sus anchas por la gran pantalla en filmes de fluctuante calidad. Por otra parte, la película no guardaba relación alguna con aquellas de serie B que inundaban los drive-ins americanos sin fin aparente; poco tenía que ver con monumentos al camp como The Blob (1958), The Tingler (1959) o I Was A Teenage Werewolf (1957), por citar algunos ejemplos. Dada la temática y la trama, muchos podrían haberse esperado una película propia del shock cinema barato de entonces, repleta de tópicos, sustos convencionales y actuaciones poco convincentes; terror de cartón piedra, en definitiva. Apartada por completo de manidas proposiciones en cuanto al género, Los ojos sin rostro surgió como una anomalía cinematográfica de la época, una atípica película de terror cuya estética y planteamiento hicieron de ella algo mucho más intrigante.

En una entrevista con Ciné Parade, Franju dijo que los productores de la película querían «una película de terror, pero nada de sangre; eso acarrearía problemas con los censores franceses. Nada de tortura de animales, porque nos traería problemas con los censores ingleses, y nada de científicos locos, que llevaría a problemas con los censores alemanes, ya que trae malos recuerdos». En esa misma entrevista recalca: «La mejor película de terror que jamás he visto no se suponía que tenía que dar miedo. Y por eso daba tanto miedo». Antes que una mera película de miedo, sin embargo, Franju definió Los ojos sin rostro como «una película de angustia», en la que el terror consiste en algo «más subyacente, más interno y penetrante. Es terror en dosis homeopáticas». Pese a sus palabras fueron muchos los que se rasgaron las vestiduras acostumbrados a ver a Franju como un director de un cierto realismo (vean si no su magnífico documental La sangre de las bestias, de 1949) y caracterizado por su fuerte compromiso social, a quien de repente y sin explicación alguna vieron adentrarse en un género en principio marginal. Incluso Godard aprovechó la ocasión para lanzarle alguna que otra pulla, aduciendo que se había distanciado conscientemente de todas las esperanzas puestas en él. En su defensa, Franju alegó que no era más que un intento por su parte de que el género de terror se tomase en serio, tal y como efectivamente merecía.

No fue hasta su reestreno en 1986, gracias a la retrospectiva sobre el director que organizó la Cinématheque Française (fundada por el propio Franju en 1936 junto con Henri Langlois), que la película comenzó a ganarse el reconocimiento del que goza hoy en día. En su ensayo para la maravillosa reedición de la Criterion Collection, David Kalat acierta al decir que Franju combina hábilmente fantasía y realismo, distanciamiento clínico y emoción histriónica, belleza y dolor. Estas impresiones no son baladíes, dado que Los ojos sin rostro es ante todo una película de contrastes en la que la yuxtaposición de lo brutal —la tensa y célebre escena del trasplante facial— con lo tierno —la liberación de los animales al final del largometraje— conforma el eje vital de su peculiar universo. Tal y como escribió Roger Ebert, se trata de una película en la que «los que gritan no son los personajes sino las imágenes».

El guion corrió a cargo de Pierre Boileau y Thomas Narcejac —el dúo de escritores tras las novelas en que se inspiraron clásicos como Las diabólicas o Vértigo—, quienes lo basaron a su vez en el libro homónimo de Jean Redon. Bajo su manifiesta superficie de horror, hay un elemento de poesía que con frecuencia insufla un sorprendente toque de lirismo a sus escenas, dando lugar así a una macabra belleza sobre la que se sustenta la película. El equilibrio que logra entre lo lírico y lo siniestro es quizá su principal seña de identidad, y gran parte de su evocadora estética se debe a la fotografía de Eugen Schüfftan; con un tono tétrico deudor del expresionismo alemán (fue, de hecho, el encargado de los efectos especiales de Metrópolis y creador del llamado Schüfftan process), Schüfftan dota a la película de una consumada precisión visual consistente en una efectiva unión entre el film noir de la época y el Jean Cocteau de La bella y la bestia. La música de Maurice Jarre, quien unos años después compondría las memorables bandas sonoras de Lawrence de Arabia y Dr. Zhivago, es otro de sus muchos puntos fuertes.


Título original

Les Yeux sans visage

Año

1960

Duración

88 min.

País

Francia

Dirección

Georges Franju

Guion

Claude Sautet, Pierre Boileau, Thomas Narcejac (Novela: Jean Redon)

Música

Maurice Jarre

Fotografía

Eugen Schüfftan (B&W)

Reparto

Pierre BrasseurAlida ValliJuliette MaynielEdith ScobFrançois GuérinAlexandre RignaultBéatrice AltaribaClaude Brasseur

Productora

Coproducción Francia-Italia;

Género

TerrorThriller | CrimenAsesinos en seriePelícula de culto

Sinopsis

En París, un brillante y desquiciado cirujano rapta chicas con el fin de utilizar su piel para reconstruir la belleza de su hija, destrozada por un trágico accidente del que él se siente culpable. (FILMAFFINITY)