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16.3.21

JULIETA DE LOS ESPIRITUS Ciclo Fellini 100 Años

 




Julieta de Los Espiritus https://ok.ru/video/3511728999056

'Julieta de los espíritus', una película fascinante por Diego Galan (El Pais)


No tuvo buen éxito de crítica cuando en 1967 se estrenó en España Julieta de los espíritus: la mayor parte de los críticos independientes (en aquella época se definía así a quienes no alternaban la crítica con la censura ni realizaban trabajos remunerados para distribuidoras) pensaron que esta película de Federico Fellini era una mala copia de su obra anterior 8 y medio, donde ya había descubierto ese fascinante mundo de imágenes que constituye desde entonces el toque del autor. En la revista Nuestro Cine se decía, por ejemplo, que "la estructura narrativa del filme es un recurso que no corresponde a una profundización en el personaje principal y por ello se transforma en una investigación estética de dudoso alcance". Ricardo Muñóz Suay, por su parte, consideraba que Julieta de los espíritus "se diluye en un esfuerzo psicoanalítíco de excesivo significado moralizante".Es probable que así fuera, pero el paso del tiempo ha devuelto a Julieta de los espíritus una independencia que la fortalece. Al margen de cualquier comparación con 8 y medio, Fellini desarrolla en esta película su barroquismo formal en una lluvia incesánte de enloquecedoras fantasias que no permiten el menor descanso; es conveniente que quienes se dispongan a contemplarla hoy en la pequeña pantalla eviten toda distracción, en cada parpadeo se pierde una imagen irrepetible.


Julieta de los espíritus


La historia es simple. Julieta, mujer menuda, tímida e insatisfecha, descubre que el marido la engaña. En su obligada soledad deja libres sus fantasmas, sus recuerdos de infancia, sus atormentadas represiones, tratando de encontrar por sí misma un camino a su futuro. La invita a ello su encuentro con un extraño ganadero español (José Luis de Vilallonga), que prepara ritualmente una sangría, "la bebida del olvido"; pero la provoca con más insistencia su alucinante vecina (Sandra Milo), que organiza las fiestas más sensuales y mágicas del cine de Fellini. En ellas, la pobre Julieta deja que sus atónitos ojos se paseen por un mundo que ignoraba; en su miedo, la acompañan insistentes y lejanos mitos de infancia, sobre todo el del abuelo, un enérgico anciano barbudo que liberaba a la nieta de las absurdas manías de las monjas, empeñadas en transformarla en una santa achicharrada en la parrilla. (En la secuencia de esa representación teatral aparecen, probablemente, los momentos más bellos de este filme).


Juego de espejos

Si la película comienza con un juego de espejos, en espejos deformados vemos el resto. La imaginación de Julieta transforma en seres vivos lo que sólo es parte de su subjetivismo. Las voces que la atormentan, al principio enemigas, más tarde solidarias acompañantes, adquieren cuerpo según Julieta avanza en su libertad. Descubre que esos fantasmas no le pertenecen a ella sólo, sino también a la infidelidad del esposo, a la estúpida educación recibida, a su represíón, en suma. Quizá al final, reencontrada con su propia entidad, alcance la libertad ansiada y pierda el miedo a ser féliz.Se dice que Fellini escribió esta película como homenaje a su esposa, Giulietta Massina, con quien ya había trabajado en La strada y Las noches de Cabiria: "No es sólo un rostro, sino una verdadera alma dentro de la película", dice el autor de su protagonista. Si realmente el filme se inspira en la vida de la actriz, ésta tuvo que desvelar sus emociones más íntimas, sus secretos más ocultos. Lejana ya de los tics que prodigó en las películas anteriores, Giulietta Massina realiza en esta posible autobiografía uno de los trabajos más importantes de su carrera.

La utilización del color es también protagonista de la obra. Con Gianni di Venanzo como fotógrafo, Fellini crea en Julieta de los espíritus un mundo insólito, producto del ensueño y la mistificación; pero justo es señalar también el trabajo de Piero Gherardi en los decorados y vestuarios, sin los que Fellini no tendría punto de apoyo. Nino Rota, frecuente compositor en las obras de este cineasta, escribe una pegadiza partitura que reafirma el tono circense que florece a lo largo de la narración.










Título original

Giulietta degli spiriti


Año

1965


Duración

148 min.


País

 Italia


Dirección

Federico Fellini


Guion

Federico Fellini, Tullio Pinelli, Ennio Flaiano


Música

Nino Rota


Fotografía

Gianni Di Venanzo


Reparto

Giulietta MasinaSandra MiloMario PisuValentina CorteseValeska GertJosé Luis de VilallongaFriedrich von LedeburCaterina BorattoLou GilbertLuisa Della NoceSilvana JachinoMilena VukoticFred WilliamsDany ParísAnne FrancineSylva KoscinaMarilú Toló


Productora

Rizzoli Film


Género

Drama | Drama psicológico


Sinopsis

Giulietta, que duda de la fidelidad y del amor de su marido, acude a reuniones espiritistas buscando consejo y esperando una señal que le muestre que su marido aún siente cariño por ella y que puede recuperarlo. Por casualidad, conoce a Susy, una perniciosa mujer que sólo vive para el amor y que está a punto de destrozar las ilusiones de Giulietta. (FILMAFFINITY)

Premios

1966: 2 nominaciones al Oscar: Mejor dirección artística color, vestuario color

1965: Globos de oro: Mejor película de habla no inglesa

1965: Círculo de Críticos de Nueva York: Mejor película extranjera

1965: Premios David di Donatello: Mejor actriz (Giulietta Masina)

1965: National Board of Review: Mejor película extranjera

Críticas

















15.3.21

LA DOLCE VITA Ciclo Fellini 100 Años




LA DOLCE VITA Link para ver el filme https://ok.ru/video/3502048610960 


El clásico de Federico Fellini vuelve en versión restaurada

"La dolce vita": el ruido del mundo


La obra maestra protagonizada por Marcello Mastroianni sigue siendo hoy un film incómodo, disruptivo, que a pesar de estar tan fechado en tantos detalles no deja de ser contemporáneo en lo esencial. 


Por Luciano Monteagudo





Hoy, a casi sesenta años de su estreno, La dolce vita –que a partir de esta semana vuelve en una versión restaurada por la Cineteca di Bologna a un puñado de salas de Buenos Aires y el interior del país*- no tiene ya nada de escandalosa y obscena, como la describían en su momento L'Osservatore Romano y otros periódicos conservadores fieles a la curia vaticana, que solo contribuyeron a potenciar la popularidad de una película que ya desde entonces se volvió icónica.


Pero el capolavoro de Federico Fellini sigue siendo un film incómodo, disruptivo, que a pesar de estar tan fechado en tantos detalles –desde el vestuario hasta los usos y costumbres de los personajes— no deja de ser contemporáneo en lo principal. La dolce vita sigue hablando, como ninguna otra película lo hizo antes o lo haría después, del ruido del mundo, de ese rumor permanente del presente –un rumor mediático, hueco, publicitario, hoy amplificado más que nunca por las redes sociales— que aleja y distrae al protagonista de lo esencial: de sus sentimientos, de sus deseos más profundos, de su identidad.



En ese sentido, se trata de un film moralista, “provinciano” incluso como lo calificó en su momento su colega y amigo Roberto Rossellini. De hecho, Fellini lo era. Nunca dejó de ver a Roma, su ciudad de adopción, con los ojos de aquel muchacho que llegó a la legendaria estación Termini desde el pueblo de Rímini, en la costa de la Emilia-Romaña, a los 18 años. ¿Quién si no podía tener ese asombro por una Via Veneto que a sus ojos parecía un circo en función permanente, un desfile de sofisticadas atracciones de feria, muy distintas por cierto a las carpas raídas que lo deslumbraron en su infancia? El mismo comprobó a su vez de qué modo la ciudad cambiaba frente a su mirada siempre lúcida, atenta, afilada.


“Llegué a Roma en tren en 1938”, contaba Fellini. “Una ciudad con la que se ha soñado y se ha esperado ver durante años y años, resulta siempre diferente de la imagen que uno se ha formado de ella. Lo que más me impresionó, entonces, fue el clima, el calor, el ritmo lento de los caminantes, sus ojos negros y huidizos, las voces roncas, el dialecto, los niños en las calles (…) Roma se me aparecía como la ciudad mediterránea por excelencia, como una verdadera madre, desalineada, prodigando su afecto, dando pruebas de esa severidad y de esa familiaridad que únicamente una madre puede manifestar al mismo tiempo”.


Pero a Fellini no se le escapaba tampoco entonces, siendo tan joven, los rasgos más profundos de Roma. “La vida de una metrópoli se define sobre todo en función de quien la habita. Aquí prevalece en el rostro de cada cual una expresión constante tan visible como una peca: la duda. Deforma los labios y hace más pesadas las miradas, que convierte en astutas y maliciosas. En Roma, el escepticismo es una doctrina por sí misma, una actitud que no es preciso aprender. El romano nace escéptico, como otros nacen morenos o rubios. Los mismos niños son escépticos. El aire que respiran, la leche que maman, los altos muros rezumando suciedad que les acompañan hasta a escuela engendran en ellos dudas profundas que penetran en sus almas y marcan sus rostros desde la más tierna edad”.


Por romano que parezca en su actitud despreocupada y escéptica, Marcello Rubini, el protagonista de La dolce vita --encarnado por Marcello Mastroianni en el apogeo de su talento y su elegancia-- es también, a pesar de su aparente displicencia y cinismo, un provinciano como Fellini. Su alter ego, como lo sería después en 8 y ½ (1963) y en La ciudad de las mujeres (1980). Es a través de sus agudos ojos de periodista, de observador privilegiado de la realidad, que Fellini mira a Roma. Y la ve frívola, cruel, sin alma. El insomne Marcello, para quien no pareciera haber diferencia entre la noche y el día, atraviesa los doce episodios de La dolce vita –porque para quienes no la recuerden o no la hayan visto se trata de un film episódico, fragmentario, todavía moderno en su construcción anti aristotélica— como quien recorre las estaciones de un via crucis.


No parece casual que el prólogo sea aquella famosa travesía de una enorme estatua de Jesucristo que surca el cielo de Roma colgada de un helicóptero y seguida por otro en el que viaja Marcello acompañado por su inseparable Paparazzo, que no le da tregua a su cámara fotográfica. Abajo, en las barriadas populares, los niños gritan y corren intentando vanamente alcanzarlos, mientras en una terraza de un quartiere acomodado unas chicas en bikini llaman la atención de Marcello, siempre dispuesto a distraerse de su tarea por las mujeres que lo busca y lo asedian.

El episodio más famoso de La dolce vita sigue siendo el de la Fontana di Trevi, con Mastroianni y Anita Ekberg sumergidos en esas aguas bautismales. Y por algo será –por su belleza, por su ternura, por su poesía—que esos pocos minutos han trascendido a la película misma, volviéndose autónomos. Pero más allá del trágico episodio de Steiner (Alain Cuny), que marca un antes y un después en la relación de Marcello consigo mismo (porque era en ese hombre que se quita la vida en quien él veía un modelo, un camino a seguir, alejándose del periodismo de banalidades para dedicarse a la escritura de una novela), hay otros capítulos de su via crucis que hoy son sin embargo más deslumbrantes.



Desde un punto de vista casi puramente formal, la feroz discusión de pareja entre Marcello y su posesiva amante Emma (Yvonne Furneaux) se vuelve hipnótica gracias a la puesta en escena casi onírica de Fellini. Un exterior noche iluminado por unos focos cegadores como los de un set –extraordinario trabajo del fotógrafo Otello Martelli, ahora revalorizado por la restauración— hacen de esa ruta de extramuros un espacio fuera del tiempo, féerico, acentuado por un acorde sostenido de órgano en una de las muchas genialidades de la banda sonora compuesta por Nino Rota, colaborador inseparable de Fellini. El quiebre más notorio con la etapa post-neorrealista previa del autor está aquí, en esta noche transfigurada.

Otro episodio injustamente olvidado de La dolce vita es el de la escena de un supuesto milagro. En las afueras de Roma, dos niños dicen haber visto a la Virgen y que ésta les anunció que reaparecería para dejarles un mensaje. Junto a las hordas de periodistas y las luces de la televisión, una corte de enfermos y menesterosos se llega hasta el lugar para pedir también su salvación. Acompañado por Emma, conmovida por el espectáculo, Marcello toma conciencia –y con él el espectador—de las fuerzas sagradas y profanas que se confunden en esa escena donde lo sobrenatural parece provenir de la tierra arcaica que pisan, convertida de pronto por una tormenta en un gigantesco lodazal, del que todos huyen, abandonando detrás a inválidos y dolientes.

La dolce vita quiere ser, al mismo tiempo, un testimonio y una confesión”, afirmó en su momento Fellini. “Traté de hablar de una sociedad que ya no tiene pasión, que ya no tiene nada en su vientre. Quise hacer una película que dé coraje, que nos obligue a mirar la realidad con nuevos ojos, sin ser desviados por mitos, supersticiones, ignorancia o sentimentalismos”. Para entonces, Fellini tenía apenas 40 años (en un mes se celebra su centenario), ya había dirigido seis largometrajes –entre ellos nada menos que Los inútiles (1953), La strada (1954) y Las noches de Cabiria (1957)— y con La dolce vita ganaría en mayo de 1960 la Palma de Oro del Festival de Cannes. Una nueva etapa en su obra se abría de manera asombrosa. Y empezaba a acuñarse en el mundo un nuevo adjetivo, que llevaba su nombre y estaba asociado al exceso y a lo extraordinario: “felliniano”. Ya nada volvería a ser igual.






Título original
La dolce vita




Duración
175 min.
Año:1960
País
Italia Italia
Dirección
Guion
Federico Fellini, Tullio Pinelli, Ennio Flaiano, Brunello Rondi
Música
Nino Rota
Fotografía
Otello Martelli
Reparto
Productora
Co-production Italia-Francia; 
Pathé Consortium Cinéma (P.A.C.), Riama Film, Gray-Film
Género
DramaComedia | PeriodismoCine dentro del cine
Sinopsis
Marcello Rubini es un desencantado periodista romano, en busca de celebridades, que se mueve con insatisfacción por las fiestas nocturnas que celebra la burguesía de la época. Merodea por distintos lugares de Roma, siempre rodeado de todo tipo de personajes, especialmente de la élite de la sociedad italiana. En una de sus salidas se entera de que Sylvia, una célebre diva del mundo del cine, llega a Roma, cree que ésta es una gran oportunidad para conseguir una gran noticia, y, en consecuencia, la perseguirá por las noches por diferentes lugares de la ciudad. (FILMAFFINITY)

Premios
1961: Oscar: Mejor vestuario (B&N). 4 nominaciones, incluyendo director y guión
1960: Premios BAFTA: Nominada a mejor película
1960: Festival de Cannes: Palma de Oro mejor película
1961: Círculo de Críticos de Nueva York: Mejor película extranjera
1961: National Board of Review: Top mejores películas extranjeras
1959: Premios David di Donatello: Mejor director
Críticas


Otro de los grandes films del siglo XX;  un reflejo cruel, sin atenuantes de las consecuencias de la alienación colectiva  en todos los órdenes, material, afectivo, comunicacional, ético.  Escena final memorable, con un monstruo marino espantado de ver el desempeño de los humanos en la playa, contrapuesta a la inicial, universalmente emblemática: Jesucristo es sacado del medio en helicóptero, con rumbo desconocido, porque su presencia ya es una molestia para 
la ciudad de la "dolce vita".  Ruben Alcides Trezza (Chivilcoy)





13.3.21

EL SHEIK Ciclo Fellini 100 Años

 El SHEIK 

Link para ver El Sheik https://ok.ru/video/1592037214921




TÍTULO Lo sceicco bianco 

AÑO 1952

IDIOMA Italiano 

SUBTITULOS Español (Separados) 

DURACIÓN 88 min. 

DIRECTOR Federico Fellini 

GUIÓN Federico Fellini, Tullio Pinelli, Ennio Flaiano (Historia: Michelangelo Antonioni) 

MÚSICA Nino Rota 

FOTOGRAFÍA Arturo Gallea (B&W) 

REPARTO Alberto Sordi, Brunella Bovo, Leopoldo Trieste, Giulietta Masina, Lilia Landi 

PRODUCTORA Luigi Rovere 

GÉNERO Comedia 


Sinopsis

Una joven pareja de luna de miel llega a Roma, donde van a visitar a unos familiares de él. Ella es una fanática de las fotonovelas, especialmente de El jeque blanco, que protagoniza Fernando Rivoli. Así que aprovecha un descuido de su marido para escaparse a conocerlo en persona, ya que las oficinas de la revista que la publica están cerca del hotel donde se hospedan. Pero la aventura se prolongará más de lo que ella pensaba, mientras su marido trata de que su familia romana no se entere de que no sabe dónde está su mujer.




Peculiaridades (nota del sitio Fellini.It)

«El primer día de rodaje de El jeque blanco empezó mal, muy mal. Se tenía que rodar en exteriores. Había salido de Roma al amanecer y me despedí de Giulietta con las palpitaciones de quien iba a dar un examen. Tenía un Fiat Quinientos y me había parado adelante de una iglesia, incluso había entrado a rezar. En la sombra me pareció ver un catafalco y me había dejado llevar por la superstición de que se trataba de algo de mal agüero. Pero al final el catafalco no estaba, en la iglesia no había nadie, ni muerto ni vivo. Estaba yo solo. No recordaba ni siquiera una oración. Prometí que me iba a arrepentir y salí un poco inquieto. Durante el camino hacia Ostia, pinché una rueda y en aquel entonces, cuando se te pinchaba una rueda, tenías que cambiarla con tus propias manos. Pero yo no me sentía capaz de hacerlo y me quedé ahí, bastante desesperado, pensando que llegaría con retraso a mi primera dirección. Por suerte pasó un camionero siciliano que estaba de buen humor y me cambió la rueda. Llegué a Fregene a las diez menos cuarto. Habíamos quedado para las ocho y media. Todo el mundo se había embarcado en una barcaza que estaba a un kilométro de distancia en un mar inmenso. Me parecían lejanísimos, inalcanzables. Mientras una lancha me llevaba hacia ellos, los rayos del sol me deslumbraban. No solo eran inalcanzables, sino que ya no los veía. Me pregunté: ¿'Y ahora qué hago?...' No recordaba el tema de la película, no recordaba nada, me quería ir y nada más. Olvidar. Luego, de improviso, cuando pisé la escalera de cuerda se despejaron todas mis dudas. Me subí a la barcaza. Me metí en medio del equipo de producción. Estaba curioso de ver como iba a parar todo.»

Federico Fellini, Fare un film, Einaudi, Torino, 1980, p. 51-52


Reviews

Guido Aristarco

Esta película no solo confirma, una vez más, las habilidades de dirección de Federico Fellini después de Luces de variedades, dirigida en colaboración con Lattuada, sino es el ejemplo de una obra que, para ser juzgada en sus valores efectivos, necesita una lectura atenta y, quizás, una segunda lectura más. De hecho, si uno la mira con superficialidad, no se dará cuenta de la peculiaridad de la obra. Fellini parece utilizar a personas comunes en ambientes comunes a través de una acción que podríamos definir casi banal. Pero esas personas, esos ambientes, esas acciones adquieren significados precisos que remiten, aunque de manera indirecta, a una opinión y una crítica. Una opinión y una crítica que, de todas formas, ya existían al comienzo de Luces de variedades. Sin embargo, mientras en esa película Liliana, al final de la historia, vive todavía en el mundo de los cómics (en este sentido son significativas las publicaciones que le pide al amante) y no ha resuelto nada de sí, en El jeque blanco, Wanda, la misma provincial que ha leído fotonovelas, consigue evadir de la "amorosa mentira" en que estaba metida sentimentalmente. Su aventura se convierte en una experiencia positiva porque la hace volver a la realidad.

"Cinema Nuovo", a. I, n. 1, 15 dicembre 1952



https://www.dirigidopor.es/2020/07/08/el-jeque-blanco/