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13.7.16

Ciclo Grandes Autores Contemporáneos. Chivilcoy - julio 2016.



Los invitamos a un recorrido por algunas obras de nuevos autores cinematográficos. Aquellos que tienen otra visión, cuentan otras historias, las de su propio universo, contadas con su particular formato y estilo. Películas que provienen de diversos horizontes culturales, exhibidas y galardonadas en festivales de cine, que pocas veces llegan al gran circuito de las salas comerciales. Autores como Kar-Wai, Haneke, Gomez, Petzold, Seidl, Haynes, Dolan, Chanwook Park, Ozon, Hsiao Hsien, entre otros, que proyectaremos en diferentes fechas que ya iremos comunicando

Sostenemos que Chivilcoy es un sitio con un público culto, ávido de ver otro cine, el nuevo o aquellas clásicas obras maestras que ya no se pasan en las salas de cine comercial.
La propuesta de todos nuestros ciclos es siempre poder volver a verlas en una pantalla grande, en una sala de cine; rescatar el clima del cineclub , esa especie de comunión cinéfila donde se compartía un filme con amigos, conocidos o vecinos y a la salida se la comentaba o debatía. 
En los últimos tiempos la comodidad del video hogareño, la posibilidad de bajarse todo de Internet o incluso verlo directamente en streamline, contribuyeron a que se dejara de lado no solo el placer de ver una gran película en pantalla grande, en el formato con que fue concebida y con la calidad que se merece, sino que se perdiera la absoluta concentración y predisposición que tenemos cuando estamos a oscuras en una sala de cine.
Ver cine en el cine… esa es la cuestión.

8.7.16

Miguel Gomes Director portugués. "No me interesa el realismo"

Entrevista a Miguel Gomes en el Bafici 2012 por Diego Lerer.

1.- EXT. DIA. ABASTO. Una enorme chopera de cerveza decora la mesa en la que estamos sentados con Miguel Gomes. A la izquierda, Mark Peranson habla sin parar –como siempre- con Christoph Hüber, dos colegas, amigos y grandes defensores del cine del realizador portugués que estaba en el BAFICI 2012 presentando TABU, la película estrella del evento, que venía de recibir el premio Alfred Bauer en Berlín.
La primera vez que supe algo del cine de Gomes fue estando en Lisboa, en un bar con Francisco dFerreira, otro crítico portugués, allá por el 2005. Recuerdo que él estaba hablando con alguien en un bar de una película que se llamaba LA CARA QUE MERECES y el título me causó gracia. No vi la película entonces. Unos años después, en Cannes 2008, se dio AQUEL QUERIDO MES DE AGOSTO, pero no pude verla hasta recién unos meses después, en Lisboa, en DVD y sin subtítulos al castellano. Como no entendía casi nada, la abandoné por la mitad. Vi también LA CARA QUE MERECES y sólo me gustó la escena musical del comienzo.

Volví a ver AGOSTO, subtitulada, en la Viennale de ese año cuando estaba en el jurado Fipresci, y me fascinó. Allí le hice una primera entrevista a Gomes. Con el correr de los años volví a encontrármelo (en Cannes, en BAFICI, en algún que otro lugar) hasta toparme con él en la Berlinale 2012 y ser parte del público fascinado por TABU, que sorprendió allí a casi todos.
En el BAFICI, entonces, nos sentamos a hablar de cine. Es difícil entrevistar a Gomes ya que mucho no le gusta hablar de sus películas y me parece bien que intente conservar ese misterio. En general solemos hablar de fútbol. Es fanático del Benfica y ya hemos repasado la carrera de varios argentinos que jugaron o juegan allí, de Di Maria al Toto Salvio, pasando por Aimar, Saviola y Gaitán. Pero era hora de tratar de desentrañar TABU y tengo la impresión –habiendo leído varias entrevistas a Gomes sobre la película- que dijo cosas interesantísimas y originales sobre el filme.
Mantuve, en la medida de lo posible, la forma de hablar en castellano de Gomes, con una construcción de frases un poco enrevesada y uso de palabras que son típicas del traslado del portugués al castellano. Esto es lo que salió.
¿Qué diferencia hay del proyecto original a la película tal como quedó?
Es más fuerte que yo que cambie todo, me pasa siempre así. No sé porqué. Hay una parte que tiene que ver con el dinero porque cuando escribo, escribo escenas que, después de un año, mi productor (Luis Urbano) me dice que no hay plata para hacerlas. El cine es una ecuación entre nuestros deseos y la realidad, y esa ecuación es un poco frustrante porque no es posible cumplir los deseos que se imaginaron al principio. Pero a mí eso me parece interesante, que puedas reformular esos deseos en confrontación con la realidad. Y la realidad es el hecho de que no podés filmar con 30 personas blancas porque no hay 30 blancos en Mozambique (donde se filmó), o no poder filmar elefantes…

¿No había plata para elefantes o no había elefantes?
Ninguna de las dos cosas: ni plata ni elefantes… Sabíamos que teníamos esa voz off que, al final, en el montaje, podría ayudar a crear un mundo que, en el rodaje, no era posible crear. Creo que hay un lado documental también en la segunda parte de la película en la que se ve Mozambique hoy y en la que los actores, la ficción, llega con toda su falsedad, pero esa falsedad es algo que no tiene que ser mentiroso, porque es falso pero es también verdadero. La ficción se mezcla con el documental que es Mozambique hoy.
¿Creés que lo documental sale solo por el hecho de filmar en locación, aún haciendo una película de época, o fue algo buscado por ustedes?
Te doy un ejemplo. En el guión original había muchas más escenas sobre el principio de la guerra, los rebeldes, los independientistas. En la película eso aparece con la llegada de un militar en una Iglesia que hace una acción de propaganda. El que lo interpreta es el director de producción de la película, el mismo que protagonizó AQUEL QUERIDO MES DE AGOSTO (Joaquim Carvalho), con un bigote enorme, completamente falso. Esa es la ficción: ese militar y ese bigote es todo falso. Pero en el contracampo, la gente que mira, y me parece que en esa mirada completamente neutra ya está perdido el imperio portugués. La única cosa que tuve que filmar fue una confrontación entre esa ficción con la realidad. Y esa realidad era gente que estaba siguiendo una misa y miraba la cámara, como si mirasen al militar. Esa mirada no estaba integrada en la ficción y en ese momento se sienten las dos cosas: que no hay forma de continuar con la ficción ni con el imperio portugués.
Además de una historia sobre el colonialismo portugués en Africa, muchos espectadores la verán como una historia de amor. ¿Es importante para vos que se entiendan las dimensiones políticas de la película?
Lo más importante para mí era que fueran dos tiempos, un tiempo poscolonial y otro colonial. La cuestión histórica y sociológica no me interesa, tampoco creo que sea una misión o una vocación del cine ir por esa vía: las ciencias sociales no van con el cine para mí. Era una cuestión más general de ir con dos tiempos distintos: un tiempo de conciencia política y uno de inconsciencia política que no parece llegar a nada tampoco; un tiempo de juventud con la posibilidad del amor, y otro de ancianidad. Eso para mí es más importante que el colonialismo en sí mismo. Tengo la sensación de que cuando Renoir hizo THE RIVER no le interesaba mucho el colonialismo inglés, pero trabaja con eso, trabaja con una sociedad extinta. Para mí eso es importante, que haya una sociedad a la que no sea posible regresar.

En ese sentido no es realista, es una sociedad idealizada, recordada desde la nostalgia…
No tengo una relación personal con Africa, nunca viví ahí y eso me permitió estar libre para imaginar esa sociedad extinta que podía vivir más de las memorias del cine, no tanto para citar otras películas sino desde la sensación, de la mitología que el cine americano nos dio de Africa. Es que esa sensación, finalmente, está más cerca de mí que la experiencia real de vivir en Africa que nunca tuve. Pero necesitaba algo: el lado material de estar en Africa hoy, en Mozambique, para poner todas esas mitologías del imaginario y tener al mismo tiempo algo verdadero y material que son los paisajes y la gente.
¿Hiciste mucha investigación de la época y de cómo se vivía allí?
Si miras la película varias veces vas a notar que hay chicos que tienen remeras de Obama en la película. A veces el equipo me decía: “Eso no está bien, hay que cambiarlo”. Y yo decía: “No podemos cambiarlo, no podemos sacarlo”. Es el lado documental de la película que mencionaba antes. Estamos construyendo una mentira de que estamos en los años ’60, pero es mentira, un pacto con el espectador. Lo ves en los gestos, las caras. Yo no investigué nada, no quería hacer eso. Quería estar libre. Es verdad que la gente de vestuario y decoración miraban cosas de la época. Pero no era tan importante.
Tu película anterior también cruza ficción y documental. Está la idea de que la ficción es una especie de juego que juegan los que están del otro lado de la cámara para un espectador que sabe que es un juego…
Para mí eso es importante porque creo que lo dominante hoy en día en cierto cine europeo y sudamericano que veo, o el cine americano de gran consumo, es la vía del realismo y el naturalismo, que a mí no me interesa mucho. Para mí asumir la artificialidad de las películas es importante.

Lo interesante de ambas películas, AGOSTO y TABU, es que logran conmover más allá de poner en evidencia los recursos metanarrativos que las van construyendo…
A mí me interesa menos el “meta” o la “puesta en abismo” que una idea del Dr. Frankenstein. Tenés que crear un monstruo. Tu objetivo es que no se noten tanto las cicatrices y que la película, al final, sea verdaderamente un melodrama. Aquí, y en AGOSTO también, ves las piezas armarse, pero al final el sentimiento melodramático que la película te debe dar se tiene que lograr, por más que veas el monstruo siendo formado durante la película. Al final el monstruo debe vivir, respirar.
Comentabas en Berlín que te habías inspirado en los recuerdos de Africa de una anciana que conocías…
Para mí las materias que son parte de una película y que después son transformadas durante el proceso vienen de muchos lados, tanto de historias reales, como por ejemplo ésta, de una familiar mía que me contó algo que se aparenta con esa relación entre Aurora, Pilar y Santa. Y también de MOGAMBO, pero no para intentar hacer planos a la MOGAMBO, eso sería una tontería, sino para intentar rescatar algo de la inocencia que teníamos cuando veíamos esas películas. Ahora, para reconquistar esa inocencia no podemos hacerlo automáticamente. Tengo que construir el Frankenstein. Es un proceso artificial a través del que, al final, consigues con todos esos filtros recapturar esa inocencia del principio del cine o de cuando éramos más pequeños.
¿Por qué la elección del personaje de Pilar, que es central en la primera parte, y su activismo social?
Quería elegir un personaje predominante diferente a Aurora en la primera mitad, si bien ella es el centro de las atenciones de los demás personajes. Me interesaba Pilar como un personaje que se ocupa de la culpa, es obsesiva con eso. La culpa de los otros, no tanto de ella. A Pilar no le gusta la pintura mala de su amigo y la pone en la pared para que él no se moleste. Está siempre preocupada por todo. Ella sufre por la culpa de los otros. Esta persona da paso, en la segunda parte, a personajes que parecen no sentir ninguna culpa. Que parecen no mirar para afuera. Se ocupan de ellos mismos, hacen corridas de autos, se emborrachan. Es una película que empieza como una resaca y después se ve la borrachera. Y al ver la resaca primero, eso contamina la borrachera. El lado melancólico de la segunda parte crece a partir de verla a través de ese paraíso perdido de la primera.

¿Cómo se te ocurrió usar esas canciones de Phil Spector? ¿Y esas versiones, como la de los Ramones por ejemplo?
Me gustan mucho. Ramones la grabaron en 1980, pero originalmente hay una versión de Ronettes, de los ’60. Me gustan mucho esas canciones y la época en la que se grabaron corresponden más o menos al período de la película, principios de los ’60. La primera es una canción italiana grabada por portugueses en Mozambique en esa época. Está la versión de “Be My Baby” grabada en español por unos hermanos de Madagascar. Se hacían muchas versiones de éxitos en Africa entonces…
Comentabas que los personajes dicen cualquier cosa en la parte muda de la película…
La construcción de la voz en off la hicimos en el montaje. Ahí se escribió el guión. Con el coguionista escribíamos la voz en off, la grabábamos, montábamos, veíamos como quedaba y así. Cuando filmamos, lo que decían no era importante, podían decir tonterías. Hay algunas graciosas, como por ejemplo: “Lo que pasa en Africa queda en Africa” o “Jerusalem está en llamas”, cualquier cosa que les pasara por la cabeza. Si alguien sabe leer los labios en portugués se va a divertir mucho. Otras veces improvisaban en función de la situación y en otras no decían nada, sólo movían los labios. Cuando grabábamos sonido directo, por ejemplo, hacíamos eso. Cuando hacíamos sonido en montaje, podían hablar. A veces los hacíamos hablar para que no exageraran demasiado en la actuación, cosa que a veces pasaba cuando no decían nada.
La lectura de las cartas las hacen dos voces diferentes. ¿Cómo surgió eso? (SPOILERS)
Habla Ventura, el viejo Ventura, y Aurora muerta, el fantasma de Aurora. Eso es importante en la película, que veas a un cuerpo joven con la voz de un viejo que habla con una muerta… Eso contribuye a darle un lado espectral a la película, que la segunda parte sea casi una historia de fantasmas.
Diego Lerer


23.6.16

Sobre Won Kar Wai
 (lecturas previas al ciclo grandes autores contemporaneos)

Dice Wong Kar-Wai que su cine es un viaje en tren que, como todo viaje, consta Imagen de origen, paradas intermedias y destino. La mutación natural de ese esquema, de esa ortodoxa relación causa-efecto, es el kilómetro 0 a partir del cual brotan en cascada sus películas. Siguiendo con la metáfora del tren, las películas de Wong nunca llegan a destino, rara vez se avienen a seguir la hoja de ruta y, muy de vez en cuando, respetan el orden natural de paradas intermedias preestablecido. Su cine es un cine enteramente orgánico, un ente con vida propia y, aparentemente, con capacidad de decisión al margen de la voluntad de su autor. Hay un sustrato poético detrás de toda esa mitología de la imagen autosuficiente, pero romanticismos aparte, no es menos cierto que el anárquico esquema de trabajo del director hongkonés exige una capacidad de adaptación al medio fuera de serie. El tren de Wong propone quiebros mil en el camino y, por regla general, la estación de destino no es, ni remotamente, aquélla inicialmente prevista, y es que trabajar con presupuestos exiguos y en rodajes que a veces se prolongan ad infinitum exige instinto natural para la improvisación, para la reconversión y, si exagerar, para filmar, si es preciso, una película que absolutamente nada tiene que ver con la que emerge del tratamiento escrito.
El cine de Wong Kar-Wai es quintaesencia de work-in-progress, flexible, maleable, dúctil y con una extraordinaria suficiencia para la regeneración. Lo habitual es que las películas se rebelen e impongan su propia ley y decidan, sin consultar con nadie, cómo y dónde quieren llegar; Wong es un artista antes que un surtidor de películas, su dilema es el del pintor delante del lienzo en blanco, incapaz de codificar las formas que emergen agresivas desde el pincel. Su cine es cine de andamios y su significado último, aún y siempre inédito mientras siga en activo, es una equis gigantesca, inasible desde la observación individualizada de las partes, hostil desde la consideración independiente de las piezas. Desglosar su obra, deconstruirla en fragmentos para volver a construirla en pos de un análisis global coherente, depende enteramente de la capacidad del crítico para leer la obra en perspectiva y entender cada pieza como eslabón de una cadena infinita, como las notas (autosuficientes, bien es cierto) de una suite indescifrable fuera del contexto Imagen1esclarecedor de la sinfonía. La filmografía de Wong Kar-Wai es una sola película desmenuzada en capítulos, policromías de un gran mosaico en construcción que, y ése es el gran activo del cine de Wong, no se ruborizan de sus socavones, de su andamiaje y de sus paisajes sentimentales en obras.
Lleva el director de Deseando Amar haciendo la misma película desde 1988. As Tears Go By, Days of Being Wild, Happy Together, 2046… escenifican el lugar ocupado por Wong en el curso del tiempo en términos de relación artista-imagen, su posicionamiento con respecto al paso de los años en la medida en que éstos afectan a la morfología de tales imágenes. En una entrevista con el director hongkonés, concedida a colación del estreno en España de 2046 (ver CineAsia Vol. 6), renegaba éste de la sistematización de su obra en bloques atendiendo, fundamentalmente, a la mala costumbre de agrupar Days of Being Wild, Deseando Amar y 2046 como una trilogía. Las afinidades, cristalinas, entre las tres películas responden única y exclusivamente a la progresiva maduración de su sensibilidad como artista y a la depuración formal y conceptual de sus ficciones en pos de la utopía del alquimista, del ideal de la película perfecta. Days of Being Wild y 2046 son la misma cinta filmada con un intervalo de 13 años: la huella tangible del hombre que Wong era en 1991 y el que fue en 2004 que es otro, bien diferente, al que era en 2007, cuando dio a luz a My Blueberry Nights. El artista en el océano del tiempo, en la encrucijada de la traumática aproximación al cenit, en la eterna regeneración del abismo del lienzo en blanco, en busca, consciente del imposible de la empresa, de la película soñada. En ese sentido todas y cada una de las películas de Wong Kar-Wai son bocetos, bosquejos sublimes de una película total que ni existe ni existirá, pero es la abstracta persecución inconsciente de ese ideal la misma razón de ser, la clave de la especificidad de una filmografía referencial en el contexto de la posmodernidad universal.
DE PROFESIÓN: GUIONISTA
Wong Kar-Wai no gusta de trabajar con guiones cerrados, sus películas emergen del contratiempo y, desde luego, la formulación literaria de la trama (palabra incómoda en el contexto de una filmografía esculpida alrededor de anhelos audiovisuales), es un trámite ejecutado para no intimidar a los actores, necesitados de red a la hora de saltar al vacío. Tarde o temprano en los rodajes de las películas de Wong el guión, o la sombra del mismo, acaba reciclado como posavasos de café o improvisado pai-pai para jornadas calurosas. Un aparente contrasentido habida cuenta de los primeros pasos del icónico cineasta en la industria Imagen1hongkonesa. Nacido en la megalópolis portuaria de Shanghai en 1958, Wang Jiawei (su verdadero nombre mandarín), emprendió el exilio junto a su madre en 1963 con destino Hong Kong, en los albores de la Revolución Cultural, dejando atrás a sus hermanos con los que sólo se reencontraría varios años después. Fueron tiempos difíciles de soledad amortiguada en cines de barrio devorando películas en un mundo hostil, lejos de su gente y sus raíces, confrontado a una lengua (el cantonés) extraña y que le costó muchos desvelos dominar. Dos años infructuosos estudiando diseño gráfico le abren los ojos y le imponen un objetivo. Para ejecutarlo se matricula en la Hong Kong Television Broadcast LTD. donde cursa estudios de producción y logra, poco a poco, clavar pica en el mundo del cine. Primero como ayudante de producción y posteriormente como guionista, Wong va conquistando espacio en la pequeña pantalla hasta que en 1982 debuta en el cine como integrante del departamento de guionistas de la recién fundada Cinema City & Films Co. A raíz de un proyecto frustrado con Ringo Lam y harto de las rígidas directrices del estudio, Wong decide buscarse la vida por cuenta propia trabajando a destajo como free lance (a veces acreditado y a veces no) al servicio de incontables producciones de escasa enjundia en los tiempos de la eclosión de la (enésima) nueva ola de cineastas hongkoneses capitaneada por nombres como Stanley Kwan, Clara Law o Jeff Lau. Ése es el sustrato cultural en el que emerge la figura del Wong cineasta, una vez finiquitada su militancia en el bando de los guionistas a sueldo, cuando decide dar el salto al otro lado de la cámara para poner en imágenes un guión propio, un thriller gangsteril atípico y en las antípodas de las convenciones genéricas dictadas por la industria pesada. Era As Tears Go By, película que, además, marcó el inicio de su interminable y fecundo idilio profesional con la divina Maggie Cheung. De ese período de pluma mercenaria Wong Kar-Wai aprenderá una lección: no permitir en el futuro que guión alguno o corsé narrativo de tres al cuarto echara a perder la posibilidad de filmar una gran película.
FLIRTEANDO CON LOS GÉNEROS
Forjado como guionista en el cine de género, entre comedias, cine de acción y disciplinas aún menos “nobles”, Wong mantiene a lo largo de su filmografía una relación extremadamente distante con los paradigmas estructurales del cine hongkonés. Discípulo de Antonioni y de Godard, no se aviene a la formulación de los esquemas tradicionales del cine de sujeto-verbo-predicado, pero si bien no tardará en enterrar de una vez para siempre los influjos (temáticos cuando menos) del cine industrial de la ex-colonia, su primera etapa se desarrolla al abrigo circunstancial del cine temático como perpetuación rebelde de las rémoras resultantes, y aún coleantes, de sus años de empleado al servicio de la maquinaria industrial. En ese contexto surge su primera película, As Tears Go By, un producto que, a diferencia del resto de propuestas posteriores, accede a modularse, dentro de un orden, a la ortodoxia de una narración más o menos estándar con alicientes populares que, a pesar de su presunto magma comercial, se salda con un estrepitoso fracaso en la taquilla local. Ya entonces, no obstante, y a pesar de que es ésta la versión más dócil posible de un Wong Kar-Wai reacio a las etiquetas, se intuye el mal acomodo del cineasta hongkonés en el cine de género acorde a los cánones. La revolución consiste en imponer el atrezo tradicional de esta suerte de espectáculos mafiosos, a saber, el elemento romántico, el componente emocional, como sujeto real del drama ubicando así (si bien con mayor sutileza de lo que después devendrá costumbre) la propia miga funcional del thriller en un plano de apoyo mientras emerge ya en germen la querencia de Wong por la desazón inaprensible, por la melancolía etérea del deseo contenido. Enfatizada ésta por el estribillo musical occidentalizante de turno en una versión hongkonesa del Take my Breath Away, que ocupa en la economía evocativa del relato idéntica posición a la que ocuparán sucesivamente las piezas de Xavier Cugat en Days of Being Wild, el California Dreaming de The Mamas and the Papas en Chungking Express o los boleros de Nat King Cole en Deseando Amar. Wong empieza a definir, además de su debilidad por la plasmación atmosférica de la alienación urbanita, la posición cardinal que la música jugará, como pretexto evasivo y rincón de abstracción romántica de los rigores hostiles de la realidad, en su cine confiriéndole un valor no de aditivo sonoro y, por consiguiente, elemento decorativo, sino como llave fundamental a una dimensión etérea del relato que remite a la proyección misma y orquestada de los estados de ánimo de sus criaturas.
Constatado el fracaso financiero de la cinta Wong entendió que puestos a darse el batacazo mejor hacerlo, sin paracaídas, con materiales de alto riesgo y, si bien se distancia del cine de género en su siguiente Imagen1proyecto, Days of Being Wild, vuelve a desafiar, más frontalmente aún si cabe, los estándares del cine clásico hongkonés en Ashes of Time, un wuxia ciertamente heterodoxo que desconcertó hasta la irritación al público local que, en mitad de una nueva edad de oro del género (impulsada por el éxito de Tsui Hark con Érase una Vez en China) y con un reparto multiestelar sin parangón (Maggie Cheung, Tony Leung, Leslie Cheung y Carina Lau), esperaba un catálogo de piruetas y coreografías de combate fuera borda. No encontraron nada parecido en la propuesta de Wong, un filme sofisticado y contemplativo, cronológicamente poliédrico, no lineal, que, nuevamente, volvía a desplazar los estándares genéricos a un segundo plano, en beneficio de un tratamiento intimista y sentimental, en miniatura y sin hipérboles de la existencialista dramaturgia. Con Ashes of Time, nuevo fracaso en taquilla, Wong (cuya productora Jet Tone Productions velaba sin éxito sus primeras armas) da por finiquitada definitivamente su relación frontal con el cine de género que, en adelante, sólo se filtrará colateralmente en su obra como el eco de tambores lejanos.
DESEANDO DÍAS SALVAJES
El tiempo ha redefinido Days of Being Wild como una suerte de ensayo general de lo que serían, años después, Deseando Amar y 2046. Hablamos de una sola película en tres tiempos (epilogada en lo formal por La Mano, el episodio de Wong Kar-Wai en la cinta colectiva Eros), y, en tanto que discutible conjunto, acaso la más característica de la filmografía del cineasta hongkonés. Que los tres filmes conforman una trilogía, más estilística que conceptual viene determinado, al menos, por el denominador común: Maggie imagen3Cheung cuyo personaje en los tres filmes (testimonial en el caso de 2046) responde al mismo nombre: Su Lizhen y Tony Leung, el señor Chow en los dos últimos retablos del presunto tríptico. También la presencia en el atrezo de Carina Lau es testigo concreto de continuidad repitiendo personaje en Days of Being Wild y 2046. Ahora bien, más allá de las afinidades argumentales y la hipotética presencia de un (huidizo) hilo conductor más o menos común, la continuidad dramática se antoja una cuestión irrelevante si atendemos a la voluntad de Wong de proponer tres relatos cuya interdependencia sólo es visible para iniciados en su filmografía. Conforman las tres películas, sin embargo, el mejor testimonio de esa idea continuista y, en cierto modo, episódica que atañe a su homogénea filmografía. Todas sus películas, sentencia Wong Kar-Wai, no son sino un hijo suyo a diferentes edades, por eso más que de continuidad procedería hablar de superposición, de inevitables reencuentros y de confluencias redibujadas eternamente.
La criatura crece, madura y se transforma, pero no muta. Considerando el hecho nada irrelevante de que Wong no se ha dejado atrapar aún por las redes de la industria y de que es un cineasta autosuficiente en tanto que produce sus propias películas con un equipo de colaboradores fijos, desde el director artístico William Chang, pasando por el mediático director de fotografía Christopher Doyle, cuyo idilio artístico con Wong, que se remonta al rodaje de Days of Being Wild, se rompe precisamente en 2046 en beneficio del iraní Darius Khondji (que presta sus servicios en My Blueberry Nights y en la inminente Lady from Shanghai), se interpreta la rocosa uniformidad de su obra como una inevitable línea de llegada. Wong trabaja con amigos, con una tropa fija de leales que comparten sin fisuras su ideario formal de la representación y que, habituados a un modus operandi tan anárquico como íntimo y personal, consienten en los sacrificios derivados de auxiliar a un artista, con lo que ello implica en términos de adaptación a rodajes interminables, eternamente cambiantes, funambulescos y de planificación liviana o invisible. Esa unidad ética y estética adquiere su punto culminante en el diálogo espacio-tiempo que establecen entre sí las tres citadas películas. Afloran además con singular vehemencia las constantes más intensamente identitarias del cine de Wong. Ese diálogo a tres de alguna manera acabará definiendo la imagen, el icono Wong Kar-Wai, el tipo distante y misterioso del cigarro y las gafas de sol, primo hermano del señor Chow, cuya imagen ha calado en occidente más por la iconografía enunciada en Deseando Amar y 2046 que por el ingente legado de toda su producción precedente: la ilusoria representación del tiempo, como un rincón, a fin de cuentas subjetivo, de autoreclusión, cuya materialización física o psíquica destruye sistemáticamente la estabilidad del presente; la imposibilidad casi patológica de imagen3habitar en el presente; la esclavitud de vivir a caballo entre el pasado y un futuro incierto donde, no obstante, se proyectan todas las utopías que se revelan inalcanzables en el hoy; la ritualística formalización de una cita imposible con la felicidad en un futuro, concreto o no que, en el fondo, promete la misma aridez que dispensa el presente...
El tríptico romántico-manierista del viejo Hong Kong escenifica con furibunda nitidez el qué y el cómo para, sobre todo, un público occidental no avezado en los itinerarios precedentes dibujados por el cine de Wong. Es en Days of Being Wild, Desaeando Amar y 2046 donde se institucionaliza la fórmula, la de un cine de sintagmas, en el que la imagen adquiere en sí un significado autónomo aislada del contexto de la película para excitar, más que reacciones sentimentales, estados de ánimo. Un cine en el que la digresión y el interludio adquieren esencial relevancia en una búsqueda frenética por representar lo irrepresentable, por aprehender lo inaprensible, por psicologizar la imagen (matizada por el lenguaje musical) y dotarla de una capacidad de comunicación que trasciende, al menos en potencia, todas las fronteras estándar del lenguaje cinematográfico, sobre las brasas, eso sí, del cine de Antonioni.
JUNTOS PERO NO... FELICES
Frecuentemente Wong Kar-Wai se enamora de películas que no existen. Su cine crece alrededor de una o más imágenes que operan como sintagmas independientes. Desde ahí, cual torbellino, surgen sus películas según hace camino. Si A es el personaje protagonista, B un rol de apoyo y C un extra con diálogo, es perfectamente factible que al final del proceso C sea protagonista, B el extra con diálogo y A el rol de apoyo. Una vez estrenadas, sus películas trascienden como obras inacabadas por definición. El Festival de Cannes de 2004 contaba en su programación con una película sorpresa, a medida que se avecinaba la fecha de su Imagen1exhibición en la sección oficial cundió el pánico. El filme en cuestión era 2046 pero Wong no había tenido tiempo de terminarla y, consecuentemente, de presentar una copia definitiva de la cinta. Así, lo que se exhibió en el certamen fue una película en proceso de crecimiento, a medio hacer y con flecos mil que recortar. La realidad es que aquel filme no se terminó nunca, la realidad es que aún hoy permanece, como todas las películas de Wong, inacabada. A Wong le encantan los festivales por una única razón: la fecha de entrega. Si su última película tiene que concurrir en Berlín, Venecia o Cannes, el director hongkonés sabe que hay un ultimátum de por medio y que, llegado ese día, tendrá que soltar la película tal cual esté y, más importante aún, considerarla terminada de una vez por todas. De lo contrario, de no contar con una fecha definida de entrega del material, seguiría eternamente retocando, rodando secuencias complementarias y, quizá incluso, cambiando drásticamente el foco y el punto de vista del relato.
Quintaesencia de cine inconcluso son Chungking Express, radiografía de la alienación metropolitana del hombre contemporáneo y la película que dio una dimensión internacional a la carrera de Wong, y Happy Together, un fascinante tratado sobre la colisión de dos cuerpos que buscan infructuosamente esa cosa llamada felicidad hasta descubrir que el resultado del choque no es sino soledad, desdicha y anómala armonía. La primera, en la que Wong contó por vez primera con una de sus actrices fetiche, la artista pop Faye Wong (ajustándose al patrón tradicional de la industria hongkonesa de incorporar a sus producciones rostros mediáticos del mundo de la música popular), iba a ser un mosaico de tres historias cruzadas. Para más inri fue concebida y filmada en una de las múltiples interrupciones del infernal rodaje de Ashes of Time. Las tres historias acabaron por ser dos. La tercera, que quedó flotando en el aire, acabó convertida en película un año después bajo el título de Fallen Angels, que funciona como eco de Chungking Express y descubre, en ese diálogo a dos bandas, sus debilidades, definiéndose entre reiteraciones y solapamientos con la película matriz, y significándose, quizá, por ser la película menos inspirada del hongkonés hasta la fecha. Chungking Express es, por tanto, una película disociada, atomizada e inacabada al punto de colear en un apéndice concebido como instrumento para cerrar un círculo que permanecía abierto. Imagen1
Ya entonces Wong se mostraba inseguro, indeciso y, sobre todo, incapaz de poner puntos finales a sus películas. Más paradigmático aún es el caso de Happy Together, merecedora del premio al mejor director en el Festival de Cannes 1997, la película con la que pudo al fin rendir homenaje a uno de sus escritores de cabecera, el bonaerense Manuel Puig. Filmada a caballo entre Taipei y Buenos Aires, constituye, sin lugar a dudas, el reto logístico más importante al que hasta hoy se haya enfrentado el genial cineasta de Shanghai. Si bien el paisaje de la exótica megalópolis argentina ejerce, como ejerce el paisaje en todas sus películas, de mero artilugio complementario en un cine modelado en torno a la dispersión y a la inmensidad de la imprecisión espacio-temporal, Argentina otorga el pretexto de un paraíso geográfico -las cataratas de Iguazú- como encarnación corpórea del destino final de un viaje interior que, frecuentemente, en el cine de Wong se torna físico y tangible (Filipinas en Days of Being Wild, California en Chungking Express, Angkor Wat en Deseando Amar...), en el que la ironía del título parece sugerir que, en ningún modo, el autor está dispuesto a dejar espacio alguno, siquiera angosto, a idilios balsámicos o romances sanos y constructivos (parafraseando a Jean-Marc Lallanne, Tony Leung y Leslie Cheung están más bien unhappy alone).
A pesar de nutrir el baúl de las mejores películas universales de los 90, más interesante aún que el visionado de Happy Together es el del documental-radiografía-making of de Kwan Pung-Leung. Buenos Aires Zero Degrees el mejor testimonio posible de ese horizonte de transformación continua del cine de Wong, de su romántica condición de arte perpetuamente inacabado y multifocal, que vive mucho más allá del límite estructural y cronológico de una película al uso. Kwan desentraña la película que no fue, una filmada contemporáneamente a la versión “definitiva” de la cinta propiamente dicha en la que el personaje femenino de Shirley Kwan cobraba una importancia cardinal dentro de un filme que crecía imparable en círculos concéntricos y en la que las ramas del tronco se multiplicaban prefigurando la autonomía vital de un cine en mutación continua. Wong rodaba varias películas al mismo tiempo y personajes que ayer eran secundarios hoy, de pronto, desplazaban por pura inercia a los principales erigiéndose, sin pedir permiso, en epicentro mismo de la historia. Buenos Aires Zero Degrees arroja en sus sesenta minutos de duración tanta o más luz acerca de la personalidad creativa de Wong, uno de los más dotados genios de la posmodernidad cinematográfica, que un repaso a su obra completa, de punta a cabo, desde As Tears Go By a My Blueberry Nights. Es el backstage de un genio moviéndose en los límites de la libertad total, esculpiendo imágenes con el cincel de un visionario y, de paso, reescribiendo la historia del cine hongkonés contemporáneo. Wong Kar-Wai es ya, diez películas después, un mito del Séptimo Arte. El tiempo, ese lugar ignoto que encarcela la lánguida infelicidad de sus personajes, determinará de qué tamaño.
Roberto Piorno (reportaje publicado en CineAsia Vol.21)
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22.6.16

Muy pronto a mediados de julio:
Ciclo “Grandes Autores Contemporáneos” en Teatro El Chasqui.


Los invitamos a un recorrido por algunas obras de nuevos autores cinematográficos. Aquellos que tienen otra visión, cuentan otras historias, las de su propio universo, contadas con su particular formato y estilo. Películas que provienen de diversos horizontes culturales, exhibidas y galardonadas en festivales de cine, que pocas veces llegan al gran circuito de las salas comerciales. Autores como Kar-Wai, Haneke, Gomez, Petzold, Seidl, Haynes, Dolan, Chanwook Park, Ozon, Hsiao Hsien, entre otros, que proyectaremos en diferentes fechas que ya iremos comunicando
Sostenemos que Chivilcoy es un sitio con un público culto, ávido de ver otro cine, el nuevo o aquellas clásicas obras maestras que ya no se pasan en las salas de cine comercial.
La propuesta de todos nuestros ciclos es siempre poder volver a verlas en una pantalla grande, en una sala de cine; rescatar el clima del cineclub , esa especie de comunión cinéfila donde se compartía un filme con amigos, conocidos o vecinos y a la salida se la comentaba o debatía. 
En los últimos tiempos la comodidad del video hogareño, la posibilidad de bajarse todo de Internet o incluso verlo directamente en streamline, contribuyeron a que se dejara de lado no solo el placer de ver una gran película en pantalla grande, en el formato con que fue concebida y con la calidad que se merece, sino que se perdiera la absoluta concentración y predisposición que tenemos cuando estamos a oscuras en una sala de cine.
Ver cine en el cine… esa es la cuestión.

26.4.16

Ciclo " Héroes de la Clase Trabajadora"




" Héroes de la Clase Trabajadora"
Ya se trate de aquellos inmigrantes europeos que llegaron ilusionados en busca del sueño americano o de todos los que en cualquier ciudad del mundo hoy se enfrentan a condiciones de trabajo precarias e informales,la conquista de los derechos sociales y laborales del trabajador sigue siendo un problema no resuelto en muchos casos. En este encuentro con dos filmes notables evocamos el mundo de los trabajadores, sus luchas y sus esperanzas.


  1 de Mayo 2016
En el día del trabajador dos filmes notables que evocan el mundo de los trabajadores, sus luchas, sus esperanzas.

    19 hs       Sacco y Vanzetti.

 21.30 hs         Riff - Raff.

     Teatro El Chasqui. Chivilcoy. Entrada Libre. 


 

Sacco y Vanzetti 

                        de Giuliano Montaldo

" Magnífico y estremecedor filme de los años 70's!"
(...) condenados a la silla eléctrica en uno de los juicios más vergonzosos e hipócritas de la historia de la humanidad.(C.Carvalho)




Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, dos anarquistas italianos emigrados a los Estados Unidos, participaron de las luchas contra las condiciones de semi esclavitud que imperaban en el régimen laboral norteamericano en las primeras décadas del siglo. En 1920 fueron detenidos en Boston, falsamente acusados de robo y asesinato. Sentenciados a muerte pese a no contarse una sola prueba en su contra, siete años más tarde fueron ejecutados en la silla eléctrica. Su juicio ha quedado como uno de los más vergonzosos de la historia: víctimas del clima histérico de la época, Sacco y Vanzetti fueron condenados por sus creencias políticas y su condición de extranjeros. El film de Giuliano Montaldo, fenomenal éxito de público a principios de los 70's, pone en escena el calvario sufrido por sus protagonistas con potente humanismo y empatía (ayudado sin duda por la fabulosa banda sonora compuesta por Ennio Morricone y las canciones interpretadas por Joan Baez). Un título que nos alerta sobre cómo la ley puede ser utilizada como un instrumento de la política. 





Nominada a Mejor Película Festival de Cannes 1971.Ganador Mejor actor Riccardo Cucciola Festival de Cannes 1971.Ganador Ennio Morricone mejor música Festival de criticos de cine Italia 1971.Ganadora Mejor Película Festival Neorrealista de Avellino 1971.





Sacco y Vanzetti
Con Gian María Volonté, Riccardo Cucciola, Cyril Cusack.
Director: Giuliano Montaldo
.Año: 1971
Duración:120 min
Guión: G .Montaldo, F. Onofri.
Música: Ennio Morricone, Joan Baez.
País: Italia, Francia.


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RIFF - RAFF de Ken Loach

(...) Con dosis de humor este es un gran tributo a la supervivencia 
con dignidad de la clase trabajadora inglesa (E.Levy Screendaly)

Riff-Raff is a comedy/drama with a ferocious social conscience.



Riff - Raff es una película sobre la gente que construye casas en el Reino Unido, que es precisamente la que no tienen una casa donde vivir. Es una comedia, aunque su director Ken Loach aclara que "los obreros no la ven como tal porque conocen su trabajo y saben que en él la comedia y la tragedia están unidas". Cuando retrata la camaradería, risas, estafas y peligros de un grupo de obreros de la construcción en el Londres de principios de los noventa, el estilo de Loach tiene mucho de documental. Esa mezcla de escoceses, irlandeses y jamaiquinos tienen algo en común: son el escalón más bajo de las clases bajas, los "riff-raff" (la chusma), los trabajadores en negro, sin derechos y marginados. Mezclando dosis de humor y romanticismo, Ken Loach concibe un drama social sobre el mundo del trabajo y las consecuencias del gobierno de Margaret Thatcher. Viendo la película se atraviesan diferentes estados emocionales, pero nada está forzado ni manipulado por el guión y todo fluye como podría ser en la vida diaria. Quizás el resultado de un realismo tan logrado haya sido porque la historia fue escrita por Bill Jesse, un obrero de la construcción quien murió antes del estreno del filme.



Ganadora del Premio Fripesci en el Festival de Cannes 1991.Ganadora Mejor filme del año European Filme 1991. Special Prix Italia 1991









Riff Raff 
Director Ken Loach 
Con Robert Carlyle, Emmer Mc Court, Peter Mullan, Jimmy Coleman.
Año 1991
Duración 96 min.
País Reino Unido
Guión Bill Jesse
Música Stewart Copeland
Fotografía Barry Ackroyd







Organizan Secretaría de Cultura Chivilcoy,  Netcinearte  y Teatro El Chasqui.
Curaduría: Jorge Russo, Ricardo Watson. Coordinación: Manuel Pallero


























24.3.16

Ciclo Los Años Oscuros - Cine Argentino y Memoria

Cíclo "Los Años Oscuros"
Cine argentino y Memoria 

24 de Marzo 2016 Teatro El Chasqui- Chivilcoy
Entrada libre.

Desde el mismo momento en que se recuperó la democracia (1983) el cine argentino comenzó una interrogación e interpelación de lo ocurrido durante y a partir de la última dictadura militar: el clima de época; las marcas que dejó la violencia en sujetos e instituciones; las luchas, búsquedas y resistencias de sobrevivientes y descendientes; las bat
allas en torno a la memoria y las políticas de derechos humanos. En la semana en la que se cumplen cuatro décadas del inicio de la última dictadura proyectamos en el Teatro El Chasqui dos realizaciones claves: "Garaje Olimpo" (Marco Bechis, 1999) y "M" (Nicolás Prividera, 2007). "Garaje Olimpo" es una ficción a partir de la propia experiencia en cautiverio del director. La película explora el muy complejo vínculo que se establece entre víctima y victimario en las entrañas de un centro clandestino de detención ubicado en pleno centro urbano. "M", en cambio, es un potente documental que registra la indagación de un hijo sobre la figura de su madre, sus posible vínculos con la militancia y las razones de su desaparición, pero también un estudio sobre las posibilidades de arribar a una verdad absoluta y la validez de una única versión de la historia.

Ambas realizaciones bucean críticamente en la época y sus secuelas. Galardonadas en numerosos festivales, creemos que se merecen una mayor difusión precisamente por los interrogantes que deja abierto al espectador.

11.8.15

FACES (1968)


FACES (Rostros) (1968)


Director: John Cassavetes


Cuando empecé a filmar Faces me preocupaba el matrimonio. Lo que me inquietaba eran los millones de matrimonios que en EEUU se mantienen por inercia. Parejas que llevan 10 o15 años de casados., hombres y mujeres que parecen tenerlo todo - una buena casa, dos coches, mucamas, hijos adolescentes -, y a los que todas estas comodidades los han vuelto pasivos. Por debajo, lo que circula es un sentimiento de desesperanza porque no logran conectar. Veia matrimonios que se mentían mutuamente , que no tenían nada en común en la vida, si sus gustos coincidan, pensaban que su matrimonio era algo excepcional. Y la gente decía - Oh forman una pareja maravillosa - Pero cuando llegaban a casa solamente se miraban y decían “ Como estás? como te fue en el día? Alguna novedad? . Ahí no había amor. La película era un llamamiento a retornar a la verdadera comunicación. (…) La respuesta es que la gente ha olvidado como relacionarse o reaccionar. En estos tiempos de comunicación de masas, de comunicaciones instantáneas , no hay comunicación entre la gente.  Lo único que importa es el dinero en todas partes, lo que no da dinero no interesa a nadie, todo esta en venta, Se venden las emociones, el sexo, Todo es sexo. Pero mis emociones no están en venta, Mis sentimientos no se pueden comprar, son mios. No quiero peliculas que me vendan algo. Escribí FACES por rabia y consternación ante la sociedad. (Cassavetes por Cassavetes).


 Faces se inspiraba en los roces que Cassavetes había tenido con los altos ejecutivos de los estudios pocos años antes (como la escena de inicio en la proyección) y exploraba los diferentes estilos de vida  aburguesados que veía en su reciente adoptada cultura californiana.





Producer: Maurice McEndree; screenplay: John Cassavetes; photography: Al Ruban; editor: Al Ruban, Maurice McEndree; assistant director: George O'Halloran; art director: Phedon Papamichael; music: Jack Ackerman; sound: Don Pike.
Cast: John Marley (Richard Forst); Gena Rowlands (Jeannie Rapp); Lynn Carlin (Maria Forst); Fred Draper (Freddie); Seymour Cassel (Chet); Val Avery (McCarthy); Dorothy Gulliver (Florence); Joanne Moore Jordan (Louise); Darlene Conley (Billy Mae); Gene Darfler (Jackson); Elizabeth Deering (Stella).




“Cuando John Cassavetes aborda su cuarta película, Rostros (Faces; 1965-1968), pasa por un mal momento. Su anterior película, Ángeles sin paraíso (A child is Waiting; 1963) le ha colocado en una posición complicada dentro de la industria; sus discusiones y luchas con Stanley Kramer, productor de la misma, le han alzado en el ranking de la lista negra dentro de los estudios, algo que ya se había ganado, poco a poco, por su actitud, siempre beligerante, extremadamente independiente. Sin duda alguna, algo así sólo tenía una salida radical: o su hundimiento o su lanzamiento. Claudicar o asentarse. Y comienza a gestar Rostros”.
“Como todos los grandes cineastas que de una 
manera u otra desarrollaron gran parte de su carrera en la década de 1960, Cassavetes se adentró en el lenguaje cinematográfico para explorarlo, si bien él no era consciente de que estaba haciendo tal cosa. No era un cineasta de conceptos teóricos, aunque tenía bastante claro lo que para él consistía y significaba el cine. Siempre busca adentrarse en las emociones de los personajes, a quienes trataba como personas reales, quizá porque la gran mayoría de ellos poseían muchas de sus señas de identidad, de sus sueños y pesadillas, de su amor y de su odio. Deseaba que el espectador se sintiera identificado con aquello que sus imágenes mostraban, o con parte de ello, de ahí que tuviera claro que su estilo debía de adecuarse a esta idea emocional, poniendo a la técnica al servicio de los sentimientos y no a la inversa”.






Tras el rodaje de Rostros, Cassavetes se encontró con un material de ciento quince horas; como es lógico, el montaje fue largo y caótico. Hubo diferentes versiones, desde la primera de ocho horas hasta la definitiva de algo más de dos horas, pasando por una de seis u otras que oscilaban entre las tres y las cuatro horas de duración. Sin embargo, el resultado final, a pesar de tantas idas y venidas, cortes y ampliaciones, modificaciones y problemas, es excelente. Esto se debe a que durante el rodaje, en cada secuencia, Cassavetes buscaba las expresiones faciales y corporales de los actores, su relación con el espacio y entre ellos, encontrar la expresión emocional más acorde con aquello que estaba sucediendo frente a él. No tenía en cuenta la continuidad entre planos ni el sentido en su relación, sino que dejaba todo supeditado al azar. Confiaba en que cada plano o secuencia poseería la suficiente fuerza expresiva como para no tener luego que preocuparse demasiado durante el montaje, realizando éste durante el rodaje. De este modo se puede entender que una secuencia que debía de durar cuarenta minutos quedara reducida finalmente a escasos cinco segundos...



Cassavetes y varios operadores, cámara en mano, se movían por el escenario (normalmente su casa o la de algún familiar) buscando a los actores. Les dejaba total libertad de movimiento, podían improvisar aquello que desearan. Había una cierta idea trazada previamente, pero nada lo suficientemente rígido como para que ellos no sintieran que la acción les pertenecía. De ese modo, deseaba encontrar la mayor expresividad del momento, no obligar a que los actores tuvieran que recordar unas frases concretas, dejando que ellos mismos encontraran aquellas que mejor se adecuaran a la situación al sentir ésta como real, como inmediata. Realizaban ensayos previos, pero nunca para concretar nada, tan sólo para medir la calidad del momento, mejor dicho, para anticipar sus posibilidades. Una vez que las cámaras comenzaban a rodar, entonces, todo era cuestión del azar. Se buscaba la magia del momento, recoger un instante concreto e irrepetible, casi como un documental, a pesar de que todo fuera una representación.



Uno de los aspectos más importantes y modernos de Rostros reside en como Cassavetes limpia el encuadre, limitándolo a un mínimo de personajes y objetos, para que la mirada se centre en ellos y se olvide de otros aspectos. No quiere que el espectador guíe su mirada en busca de contemplaciones formales, tan sólo debe sentir aquello que ocurre ante él. La película es lo que se ve, nada más; ni nada menos. Cada plano se alza como una representación emocional que posee importancia propia, aunque su relación con el resto posea relevancia. De alguna manera, podría decirse que Cassavetes crea cuadros, donde poco importa donde está la cámara colocada; es la superficie, lo que se ve, lo que en realidad posee relevancia.



En esto, Cassavetes se acerca a Antonioni, quien mostró mejor que nadie que había que mirar a lo real, a lo tangible, a aquello físico que se encuentra ante nosotros, porque mirar más allá, mirar adentro, no produce más que vértigo. Porque no hay nada. El vacío y la nada. Y es mejor centrarse, y agarrarse, a aquello que vemos, aunque sea mediante una representación como es el cine. Cassavetes tenía claro que había algo enfermo dentro de la familia media americana. Así lo mostró, pero nunca quiso entrar en formulaciones teóricas ni morales, sino mostrarlo con la mayor veracidad posible, pues sabía que el espectador comprendería mejor el asunto si se ponían las emociones de por medio.

“Faces fue mágica. Ni los actores ni el equipo técnico recibieron un salario al comenzar el rodaje. Más adelante, a partir de la repercusión de la película, recibieron los porcentajes respectivos, que si bien no era una fortuna, era bastante dinero. La película se filmó casi completamente en la casa de John –como Torrentes de amor– con pocos recursos y mucho para hacer. Todos estábamos exhaustos, pero de un modo que sólo queríamos descansar unas horas y volver a trabajar. Queríamos más y más, como si fuera una droga. Faces tuvo una excelente recepción en los Estados Unidos, se estrenó en un pequeño cine de New York y estuvo 18 semanas en cartel, generando un rédito comercial muy importante y con un costo de producción muy bajo. Es mi película favorita: no le pagamos a nadie y, sin embargo, todos vinieron a trabajar todos los días. Sólo porque realmente querían hacerlo”.


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FACES  (del blog El Gabinete del Dr Mabuse)


Faces no es una película fácil, pero por otro lado Cassavetes nunca pretendió que su cine fuera fácil. Sus films en ningún momento estuvieron pensados como un mero entretenimiento o como simples historias, sino como experiencias. Ver una obra de Cassavetes implica casi siempre pasar por un proceso a menudo duro y fatigoso si uno no está acostumbrado a su cine, porque sus películas literalmente agotan al espectador. Lo que él pretendía era crear un tipo de cine más puro y auténtico (eso es, claro está, desde su punto de vista) en detrimento del tipo de films vacíos y superficiales que se creaban y se siguen creando en Hollywood. Faces es quizás la obra más representativa de su carrera y donde se encuentra de forma más evidente su afán por hacer un cine diferente.

Para Cassavetes una persona no podía ir a ver una película y salir del cine sin haber experimentado algo auténtico, algo real que le perturbara. Pero por otro lado, su concepción del cine en ningún momento implicaba llegar a ciertos excesos con tal de ser lo más visceral posible. A diferencia de muchos de los cineastas que siguieron sus pasos, él nunca buscó chocar al espectador con momentos de impacto fácil, con las típicas escenas tan excesivamente devastadoras que la emoción que pretendiera transmitir quedaría sepultada por su simple impacto. Tampoco juzga jamás a ninguno de sus personajes, él como director nunca se pone por encima de éstos sino que se implica y se mezcla entre ellos e incluso los quiere. Una de las cualidades que más alabo de Cassavetes es precisamente que haga sentir emociones puras al espectador pero sin caer en lo fácil y ordinario, él prefiere el camino largo y tortuoso, un proceso casi de peregrinaje que requiere una implicación mayor del espectador pero que a cambio da forma a un cine mucho más rico e interesante.

Por si no había quedado claro a estas alturas, no pienso hacer una descripción del argumento, puesto que en una película como ésta me parece que no aportaría mucho. La mejor descripción de Faces es el propio título de la película. Lo que nos muestra Cassavetes son varios retratos, lo que le sucede a una serie de personajes a lo largo de una noche en la cual, cada uno a su manera, navegan sin rumbo. Todos son emocionalmente inestables, divagan, se dejan llevar por sus impulsos y chocan entre ellos. Sus cambios emocionales son espontáneos, tan pronto se aman como se odian, tan pronto se dejan llevar por un arrebato de alegría y cantan y bailan juntos como se quedan sentados y pensativos. Son impredecibles, como lo son las relaciones personales.
La manera como Cassavetes retrata a esta galería de rostros es haciendo que la cámara interiorice en ellos, que penetre en sus emociones y demonios internos. Cuando uno ve un film de Cassavetes tiene la sensación de que la cámara, en lugar de mantenerse a una distancia prudencial, se empeña en penetrar en el escenario, en mezclarse con los actores y hacer que nosotros sintamos de cerca sus miedos, sus emociones y sus frustraciones. Su forma de dirigir las películas, tan aparentemente caótica (con ese montaje confuso y esos planos tan chocantes e inarmónicos) en realidad es su forma de hacernos penetrar en el film. No tiene sentido pretender que el espectador sienta algo con un estilo de dirección discreto y distanciado, con planos bien compuestos y uniformemente iluminados. La psique humana es compleja, y si las relaciones entre estos personajes es caótica e impredecible, también lo es la dirección.

Otro elemento sumamente llamativo es su forma de contar las historias. Porque Cassavetes huye por completo de la narrativa clásica y convencional, eliminando momentos a los que otro director o guionista habría dado una gran importancia y potenciando otros episodios que deberían ser más anecdóticos pero que para él son la esencia de la película. Simplemente como ejemplo, la escena en que Richard charla con los dos hombres que se encuentra en casa de Jeanie en el montaje inicial duraba hora y media. Desde el punto de vista narrativo es una escena que no daría para más de 5 minutos, pero Cassavetes decidió alargarla hasta esa desmesurada duración porque para él era fundamental.
En ningún momento parece importarle alargar el tiempo de las situaciones aún siendo consciente de lo mucho que chocaría al espectador. Retomando la idea de sus obras vistas como experiencias, el espectador debe sentir y vivir esos momentos, y eso lleva tiempo. Uno de los mejores instantes de la película que refleja esta idea es cuando, al día siguiente, Chet se encuentra a Maria inconsciente tras haber ingerido una sobredosis de pastillas. Durante una serie de minutos que se nos hacen insoportables, Cassavetes se recrea en todos los detalles sobre cómo Chet intenta reanimarla. Él insiste e insiste pero ella no consigue reanimarse. Es una escena sumamente angustiosa que se hace interminable, pero de esa manera cuando ella resucita Cassavetes habrá conseguido que el espectador realmente sienta ese momento, que realmente vivamos esa escena. De esa forma esa reanimación cobra vida, no es una simple imagen filmada, nos ha hecho vivirla hasta prácticamente dejarnos agotados.













Hoy en día, la etiqueta “cine independiente” se ha pervertido tanto y se ha convertido tan descaradamente en otra marca de moda que uno no puede evitar sentir cierta vergüenza al emplearla cuando se habla de Cassavetes. Pero en este caso no es un tópico, realmente Cassavetes, tras haber intentado infructuosamente introducirse en Hollywood como director, realizó Faces totalmente al margen de la industria de forma independiente y marginal. Y cuando digo independiente, lo digo en serio. Las casas que se ven en la película son la suya y la de su suegra (que por cierto aparecerán en otras obras del director, de forma que tras ver algunas obras de Cassavetes uno acaba familiarizándose con su hogar), los actores y los técnicos trabajaron gratis solo bajo la promesa de un porcentaje de los beneficios de un film que todos sabían que seguramente no recaudaría ni un dólar (aunque afortunadamente luego no fue así), y la financiación corrió toda a cargo del propio Cassavetes, quien hipotecó su casa y se encargó de buscar a cualquiera que estuviera dispuesto a ayudarle de cualquier manera. Si la película salió adelante en estas condiciones fue gracias a su inagotable esfuerzo y confianza en sí mismo, sumado a sus magníficas dotes de persuasión para embaucar a cualquiera y convencerle para que le ayudara de cualquier forma.
El rodaje de Faces fue desde luego una experiencia que ninguno de los que participó en ella olvidaría para bien o para mal. Fue un rodaje sin medios de ningún tipo, en el que todos se involucraron realmente por amor al arte y sin saber qué sucedería con esa película. Por ello muchos de los actores eran amateurs, a Cassavetes le gustaba emplear a gente sin experiencia en sus películas y luego conseguir sonsacar de ellos una gran interpretación. En este caso el ejemplo más claro es Lynn Carlin, quien hace una interpretación sensacional pese a su inexperiencia como actriz (era secretaria de Robert Altman y cuando éste la despidió Cassavetes decidió emplearla como actriz, consiguiendo además una nominación al Oscar por su actuación). Por otro lado, tampoco hay que olvidar la presencia de la mujer de Cassavetes, la gran Gena Rowlands, que por aquel entonces tenía que alternar esta película con sus otros trabajos, eso sin olvidar que estaba embarazada.


Lógicamente la película tuvo que filmarse casi enteramente de noche, ya que muchos de los que participaron en ella tenían que trabajar de día para ganar algún dinero, alternando su trabajo con el rodaje del film. Algunos técnicos llegaron al punto de irse a vivir a la casa de Cassavetes para trabajar enteramente dedicados al proyecto, dejando atrás sus familias u otros trabajos remunerados. Los que participaron en la película eran un grupo muy pequeño de personas entregadísimas que confiaban enteramente en Cassavetes. Todos se involucraron enteramente en el proyecto y cualquier sugerencia o aportación era bienvenida, de hecho tal es así que incluso a los actores se les animó a que llevaran la cámara en algunas escenas.
La forma como Cassavetes conseguía extraer esas interpretaciones de actores a menudo amateurs era hacer que interiorizaran tanto sus personajes que acabaran convirtiéndose en ellos. Él prefería no dar indicaciones claras sino más bien darles descripciones de los personajes y pistas que les llevaran a descubrirlos ellos mismos, hasta el punto de que las últimas escenas del film no estaban escritas, ya que el director quería que surgieran solas, que los actores fueran quienes dijeran cómo acabaría todo al estar metidos en sus personajes. No debemos olvidar que Cassavetes se inició en el mundo de la interpretación y que por ello sus películas están siempre enfocadas como películas de actores, hasta el punto de que su equipo técnico tenía que subordinarse a las necesidades de ellos y no al revés.
Este proceso tenía, claro está, sus inconvenientes, y es que interpretar a esos personajes acababa siendo una experiencia agotadora, tanto física como psicológicamente. Tampoco ayudaba el hecho de que Cassavetes fuera un perfeccionista dispuesto a repetir una misma escena cientos de veces hasta que saliera como él quería (una de las ventajas de rodar de forma independiente es que no hay que rendir cuentas a ningún productor sobre presupuesto o calendario de rodaje, de forma que podían dedicar semanas a una escena que luego quizás no se utilizaría), o incluso presionar a los actores hasta hundirlos. Con tal de conseguir lo que buscaba, Cassavetes no se detenía ante ningún escrúpulo.

Las anécdotas y vicisitudes sobre todo lo que les acotenció durante los 3 años que duraron el rodaje y la postproducción serían demasiado largas para narrarlas aquí, pero desde luego Cassavetes se ganó a pulso el título de ser uno de los grandes nombres del cine independiente. En más de una ocasión Faces peligró con no poder completarse y más de uno habría abandonado frustrado el proyecto ante toda la serie de problemas que se hubo de afrontar tanto en el rodaje como en la postproducción. Como dato anecdótico, al final del rodaje había 115 horas de material filmado por editar y las condiciones de montaje no solo eran precarias (el film se montó en el garaje de su casa) sino que tuvieron que alternarse con algunos trabajos que hizo Cassavetes como actor para ganarse algún dinero con el que llevar adelante la película. Sería en esa época cuando haría sus dos papeles más recordados en el cine: Doce del Patíbulo (1967) y La Semilla del Diablo (1968). Ambos los aceptó solo para poder pagar Faces.
El montaje inicial de Faces duraba 8 horas y fue reducido a 6, luego 4 y finalmente 2 horas y cuarto. Si ya con esta última duración, la película se hace difícil y agotadora, no soy capaz de imaginarme cómo dejaría a los primeros espectadores el montaje inicial. Pero al margen de la duración, Faces fue todo un logro del cine independiente tanto por su forma como como por todo lo que implicó su producción. Fue una victoria en toda regla contra la industria y contra todos los que avisaron a Cassavetes de que ese alocado proyecto sería imposible de realizar. Con Faces Cassavetes demostró que era posible hacer otro tipo de cine, sólo hacía falta tener agallas y no tener miedo a implicarse hasta las últimas consecuencias. Una de las películas más esenciales del cine moderno.